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La piramide de los italianos

J Roldán

Miembro Conocido
Hace unos días, sentado en la terraza de un bar, con un antiguo amigo recientemente reencontrado, compartiendo cervezas y viejas experiencias, recordé una que viví hace algunos años, una experiencia que, según donde se relate, puede considerarse como algo inventado o perteneciente a lo inexplicable. El caso es que esa charla me hizo revivir lo acontecido en aquella ocasión que, desde luego, tal y como la recuerdo, fue muy real.

Ocurrió hace ya algunos años, mientras viajaba por motivos de trabajo desde Santander hacia Burgos, por la carretera N 623 conocida como “la carretera de los sueños”. Lo recuerdo como si fuese ayer, salí de Santander, donde había atendido los asuntos del trabajo, con rumbo a Burgos, donde me esperaba un trabajo similar, sobre las cuatro de la tarde, esperando recorrer los 150 kilómetros en unas tres horas, dado el trazado de la N 623 que serpentea por los Valles Pasiegos hasta superar el puerto del Escudo, con sus 1.011 metros de altitud.

Al coronar el puerto, en un paisaje más bien desolado, y sin interés alguno, cerca de la carretera, se alza un mamotreto en forma de pirámide, de unos 20 metros de altura, y una base de unos 100 metros, hecho de hormigón recubierto de piedra caliza, estando su entrada presidida por una M gigante, alzado como un mausoleo en memoria de los soldados italianos que fallecieron en la batalla del Puerto del Escudo acontecida durante la guerra civil española y conocido como “la Pirámide de los Italianos”.

Recién había superado el Puerto y comenzaba a descender hacia el Valle de Baldebezana, en la comarca de Las Merindades, cuando mi automóvil decidió, cosas del destino, que era hora de parar, así que, entre tirones y suspiros del motor, quedé varado en un aparcadero al lado de la carretera.

Aun había suficiente luz, dada la época del año los días se iban acortando, y el lugar donde me había detenido era solitario y desolado, a una distancia, según el mapa, de unos ocho a kilómetros hasta el pueblo más cercano señalado como Carconte. Dado que por aquel entonces no existían los medios modernos de comunicación, y el mapa de carreteras no indicaba si en Caronte había disponible algún establecimiento de hospedaje, solo tenía dos opciones: o bien caminaba los ocho kilómetros hasta Carconte o pasaba la noche dentro del automóvil esperando que pasara algún otro vehículo que pudiera auxiliarme.

Decidí esperar en el automóvil, disponiéndome, si ese era el caso, a dormir en su interior a pesar de la incomodidad que ello suponía. Dado lo solitario del paisaje y la quietud del lugar, y que aun había luz suficiente, decidí visitar el monumento funerario cerca del cual el auto se había detenido, pues no había indicación sobre si era o no accesible.

En efecto, el edificio, como su nombre indica, es un mausoleo para dar sepultura a los soldados italianos, aunque hacía tiempo que los restos de los fallecidos habían sido exhumados y el edifico permanecía vacío y en parte vandalizado. A medida que me acercaba al mausoleo, el silencio se hacía más denso, como si el viento que siempre sopla en los altos del Escudo hubiese decidido tomarse un respiro. El edificio, visto de cerca, imponía aún más: la piedra caliza ennegrecida por el tiempo, la enorme M presidiendo la entrada como un guardián mudo, y esa sensación —difícil de describir— de que el lugar no estaba del todo vacío, aunque lo estuviera.

Empujé la puerta metálica, que cedió con un chirrido largo y oxidado. Dentro, la temperatura descendió de golpe, el eco de mis pasos rebotaba en las paredes desnudas, no había nada: ni lápidas, ni inscripciones, ni restos de los soldados que una vez ocuparon aquel espacio, solo polvo, grafitis recientes y un olor a humedad antigua. Me adentré unos metros más, guiado por la luz que entraba desde la puerta. Fue entonces cuando lo escuché. Un golpe seco, no fuerte, pero sí claro. Como si algo —o alguien— hubiese dejado caer una piedra en el interior del mausoleo.

Me quedé quieto. El corazón me latía con fuerza, pero intenté convencerme de que sería un animal, quizá un pájaro que había entrado por alguna grieta. Di un par de pasos más, mirando hacia el fondo, donde la oscuridad se hacía más compacta.

Entonces lo vi.

No una figura, no una sombra. Algo más sutil, un destello. Un reflejo breve, como si una superficie metálica hubiese captado la poca luz que entraba desde la puerta, me agaché, tanteando el suelo, y mis dedos tocaron un objeto frío.

Era una medalla.

Una medalla militar italiana, con la cinta desgastada y el metal cubierto de una pátina oscura. No entendía cómo podía estar allí, en un mausoleo vacío desde hacía décadas, la levanté para verla mejor y, en ese instante, un segundo sonido resonó detrás de mí.

Esta vez no fue un golpe. Fue un susurro, no entendí las palabras, pero el tono era inconfundible: alguien hablaba muy cerca. Me giré de inmediato, pero no había nadie, solo la puerta abierta y la luz del atardecer entrando en diagonal. El silencio volvió a ocuparlo todo, como si el sonido hubiese sido tragado por las paredes. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, no era miedo irracional; era la certeza de que algo no encajaba. Guardé la medalla en el bolsillo casi sin pensarlo y salí del mausoleo con paso rápido, respirando con alivio al sentir de nuevo el aire frío del exterior.

El sol ya estaba bajando, tiñendo el cielo de un naranja apagado, caminé hacia el coche, intentando ordenar mis pensamientos, fue entonces cuando lo vi a lo lejos, en la carretera.

Un hombre.

De pie, justo al borde del asfalto, mirando en mi dirección. Vestía un abrigo oscuro, demasiado largo para la época del año, no se movía, no hacía señales, solo observaba. Parpadeé, y cuando volví a mirar, ya no estaba. No sé cuánto tiempo permanecí allí, inmóvil, con la sensación de que el paisaje entero contenía la respiración, finalmente, regresé al coche, cerré las puertas y me quedé dentro, con la medalla aún en el bolsillo, preguntándome qué demonios había ocurrido en aquel lugar, y, sobre todo, por qué tenía la sensación de que la historia no había terminado.

Dormí poco y mal dentro del coche. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen del hombre en la carretera volvía a aparecer, inmóvil, como si me observara desde algún punto que yo no alcanzaba a ver. No escuché pasos, ni voces, ni nada que pudiera justificar mi desvelo, pero la sensación de estar acompañado no me abandonó en toda la noche.

Al amanecer, el frío era intenso. Salí del coche para estirar las piernas y despejarme, el mausoleo seguía allí, silencioso, con la luz temprana tiñendo de gris sus aristas. Me llevé la mano al bolsillo para tocar la medalla, seguía allí, pesada, fría, como si hubiese pasado la noche en hielo. Decidí caminar hacia Carconte, el coche no arrancaba y no tenía sentido seguir esperando. El camino era sencillo: una carretera estrecha, bordeada de prados húmedos y algún que otro pinar disperso, a los pocos minutos de andar, escuché algo detrás de mí, un motor.

Me giré con alivio, esperando ver un coche o una furgoneta, pero la carretera estaba vacía. El sonido persistió unos segundos más, como si un vehículo invisible pasara a mi lado y se perdiera en la distancia. Luego, silencio absoluto. Me quedé quieto, intentando convencerme de que sería el eco de algún motor lejano rebotando entre las laderas. Pero no había viento, no había tráfico, no había nada.

Seguí caminando, a unos dos kilómetros del coche encontré algo que me hizo detenerme. En la cuneta, semienterrado entre hierba y barro, había un casco militar italiano, de los que había visto en fotografías de la época. Lo levanté, estaba oxidado, pero intacto en su forma, dentro, casi pegado al metal, había un nombre escrito a lápiz, apenas legible: M. Ferraro.

El mismo apellido que figuraba en la medalla. Sentí un escalofrío. No podía ser casualidad, no en un lugar donde, oficialmente, ya no quedaba rastro de los soldados enterrados allí, guardé el casco y seguí caminando, con la sensación creciente de que alguien me acompañaba, aunque no viera a nadie.

Llegué a Carconte cerca del mediodía. El pueblo era pequeño, silencioso, casi detenido en el tiempo, en el bar del único hostal, un hombre mayor me miró con curiosidad cuando le conté dónde se había averiado mi coche.

—Ah —dijo, como si la historia fuese vieja conocida—. Cerca de la Pirámide. No es la primera vez.

— ¿La primera vez que qué? —pregunté, intentando mantener la voz firme.

El hombre se encogió de hombros.

—Que alguien oye cosas. O ve cosas. O encuentra… objetos. Dicen que, cuando sopla cierto viento del norte, se oyen pasos dentro del monumento, y que algunos soldados no salieron de allí del todo.

Me reí, más por nervios que por convicción.

—Supongo que son historias del lugar.

—Claro —respondió él, sin sonreír—. Historias.

Me recomendó un mecánico del pueblo. Cuando llegué al taller y expliqué lo ocurrido, el mecánico me escuchó con atención, pero sin sorpresa, me llevó en su furgoneta hasta el coche, lo revisó durante unos minutos y, finalmente, dijo:

—No tiene nada. Arranca perfectamente. Y así fue. El motor rugió como si nunca hubiese fallado.

Antes de irme, el mecánico me miró con una expresión difícil de interpretar. —A veces, la gente que pasa por allí… encuentra cosas que no estaban antes, o que no deberían estar. Si yo fuera usted, dejaría lo que haya encontrado donde lo encontró.

No le dije nada de la medalla ni del casco. No sé por qué, quizá porque, en el fondo, temía que él también los viera como algo que no debía estar en mis manos. Conduje hasta Burgos sin más incidentes, pero, al llegar al hotel, al vaciar los bolsillos, descubrí algo que me heló la sangre, la medalla no estaba, el casco tampoco. En su lugar, sobre la cama, había un pequeño papel doblado. Lo abrí con manos temblorosas, dentro, escrito con una caligrafía antigua, había una sola frase en italiano: “Grazie per averci ricordato.” Gracias por habernos recordado.
 

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