Francisco Rubén Jorquera
Miembro Conocido
¡Ah! Ahora ya no soy el mismo en absoluto
Ah.
Ya no soy el mismo.
Ni mi madre, si viviera, me reconocería.
Y no es por los años,
que tampoco son tantos,
es por esta calvicie prematura de alma,
esta arruga en el ánimo que me cruza la frente.
Me sequé por dentro,
un incendio de tonterías llamado pasión
me dejó en los huesos,
y ahora cargo con este equipaje ridículo:
el recuerdo de un beso.
Pero oigan esto, aunque no lo pregunten:
a veces, de madrugada,
cuando el insomnio rasca la pared,
creo verla.
(Un nombre común, lo sé, qué le vamos a hacer).
Recuerdo el desorden de su pelo,
una mirada que era un charco de luz sucia,
la piel blanca como un papel de roneo.
Era baja de estatura,
se movía con ese aire
entre torpe y sublime
de los pájaros enjaulados.
Basta.
Pero aquí está el dato curioso,
apúntenlo en sus cuadernos de sociología:
ese fuego, o esa farsa de fuego,
no se apagó.
Se refugió en el sótano,
se volvió rabia sorda,
un brasero eterno que ni el tiempo,
ese portero amargado,
pudo echarle agua.
Y ahora,
mientras tomo este té frío
y miro la factura de la luz,
Me sigue a todas partes,

Ah.
Ya no soy el mismo.
Ni mi madre, si viviera, me reconocería.
Y no es por los años,
que tampoco son tantos,
es por esta calvicie prematura de alma,
esta arruga en el ánimo que me cruza la frente.
Me sequé por dentro,
un incendio de tonterías llamado pasión
me dejó en los huesos,
y ahora cargo con este equipaje ridículo:
el recuerdo de un beso.
Pero oigan esto, aunque no lo pregunten:
a veces, de madrugada,
cuando el insomnio rasca la pared,
creo verla.
Sí, a ella.
A María.
(Un nombre común, lo sé, qué le vamos a hacer).
La veo caminar
entre los árboles podados del parque municipal,bajo la luna de feria,
y por un instante –un miserable instante–
me siento… ¿cómo decirlo?
Menos huevón.
Recuerdo el desorden de su pelo,
una mirada que era un charco de luz sucia,
la piel blanca como un papel de roneo.
Era baja de estatura,
se movía con ese aire
entre torpe y sublime
de los pájaros enjaulados.
Y su boca.
Dios, su boca.
Una mancha de fruta madura.
Basta.
Digo que basta.
¿Yo la amé?
Supongo.
O amé la idea de amarla,
que es el deporte favorito de los tontos.Pero aquí está el dato curioso,
apúntenlo en sus cuadernos de sociología:
ese fuego, o esa farsa de fuego,
no se apagó.
Se refugió en el sótano,
se volvió rabia sorda,
un brasero eterno que ni el tiempo,
ese portero amargado,
pudo echarle agua.
Y ahora,
mientras tomo este té frío
y miro la factura de la luz,
esa sombra,
esa María o lo que quedó de ella,
todavía me sigue.
Como un perro callejero.
Como un error de ortografía en un documento oficial.
incluso aquí,
a este poema.

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