Miguel Francisco Romero
Nuevo Miembro
CERCA DEL CIELO. (II) © Derechos Reservados del texto.
Autor: Miguel F. Romero 07/05/2013 Argentina.
Vasta extensión de las cumbres, soledad, vacía yerta,
silencios que hacen ecos, en las profundas quebradas.
Escucho en mi soledad, esperando la madrugada,
que llega con la aurora, en la cumbre, y se despierta.
Y el sol, que ilumina el cactus que lo espera,
lleno de la luz que le da vida, de rocío, luna y amor
él cierra con dulzura, en su altura, la más bella flor
hasta el beso de luz, de la próxima luna llena.
Y el sol trae el viento, hecho aliento de la vida,
aparece el águila en las alturas, ya busca su presa,
alimento de sus polluelos, que busca con entereza
no mata por matar, sólo alimenta a su cría.
Y la serpiente, retoza al sol entre las piedras
adormecida por la luz, y el perfume de la hierba
mientras escucho viajando en los senderos de la sierra
el quejumbroso sonido de la caja, y la dulce voz de la chayera.
Ella canta, ya viejita, siempre a su madre, PachaMama
tierra bendita que cobijó por centurias a sus hermanos
labradores, sembradores, de la tierra en los años
legítimos dueños, de esta hermosa tierra mancillada.
Escucho el cencerro del macho cabrío de la manada
buscando los senderos en las laderas escarpadas
guía seguro y sin temor en las profundas quebradas
a los más pequeñitos, al pasto fresco de las aguadas.
Veo al hombre flaco y fuerte de los hermosos parajes
con su carga en las espaldas, de la leña para el fuego
que arrima a su fuerte rancho, escondido del viento
protegiendo a su familia, y a sus pobres propiedades.
El viento me arranca como un juego, mi sombrero
una niña bella, me ve y se arrima a mis parajes.
Camina por los senderos de las cabras, con coraje
y me alcanza la prenda, prendida en el espinaje.
Me sonríe como un ángel, sin pedir nunca nada
Sólo mira mis manos, que atenazan un Santo Rosario
que me acompaña siempre, en los momentos solitarios.
Lo cuelgo en su cuellito, cruz de plata, cuentas blancas.
Sonríe, dientecitos blancos, con alegría y toda su alma
Ella se acerca y me besa en la mejilla, agradecida
Me abre el poncho y acaricia mi corazón, dándole vida
coloca sus manitos, sobre el suyo, veo la miel de su mirada.
Se aleja como jugando y saltando, por las sendas de la quebrada
miro al hombre que saluda, con su sombrero, agradecido.
Siento con alegría, el retozo regular de mi corazón herido
las manitos de la niña, aliviaron sus latidos, nace la esperanza.
De la cumbre, bajo despacito, por la huella de las cabras
mi corazón regocijado, latiendo suave y tranquilo
miro al cielo y veo al águila, que acompaña mi camino
con la esperanza en mi sangre, el fresco viento en mi cara.
La vida es el cantar de los cantares, toda el alma es su voz.
Se escucha en las sierras, en una queja silenciosa y solitaria
que les lleva la vida, el rancho, con el sol a sus espaldas
retumbando en las quebradas, entre las nubes y el sol.
Seria intolerable, si en nuestra memoria,
al escuchar los silencios ancestrales de los cerros
no habría lugar para las dulces brisas de los ensueños.
Autor: Miguel F. Romero 07/05/2013 Argentina.
Vasta extensión de las cumbres, soledad, vacía yerta,
silencios que hacen ecos, en las profundas quebradas.
Escucho en mi soledad, esperando la madrugada,
que llega con la aurora, en la cumbre, y se despierta.
Y el sol, que ilumina el cactus que lo espera,
lleno de la luz que le da vida, de rocío, luna y amor
él cierra con dulzura, en su altura, la más bella flor
hasta el beso de luz, de la próxima luna llena.
Y el sol trae el viento, hecho aliento de la vida,
aparece el águila en las alturas, ya busca su presa,
alimento de sus polluelos, que busca con entereza
no mata por matar, sólo alimenta a su cría.
Y la serpiente, retoza al sol entre las piedras
adormecida por la luz, y el perfume de la hierba
mientras escucho viajando en los senderos de la sierra
el quejumbroso sonido de la caja, y la dulce voz de la chayera.
Ella canta, ya viejita, siempre a su madre, PachaMama
tierra bendita que cobijó por centurias a sus hermanos
labradores, sembradores, de la tierra en los años
legítimos dueños, de esta hermosa tierra mancillada.
Escucho el cencerro del macho cabrío de la manada
buscando los senderos en las laderas escarpadas
guía seguro y sin temor en las profundas quebradas
a los más pequeñitos, al pasto fresco de las aguadas.
Veo al hombre flaco y fuerte de los hermosos parajes
con su carga en las espaldas, de la leña para el fuego
que arrima a su fuerte rancho, escondido del viento
protegiendo a su familia, y a sus pobres propiedades.
El viento me arranca como un juego, mi sombrero
una niña bella, me ve y se arrima a mis parajes.
Camina por los senderos de las cabras, con coraje
y me alcanza la prenda, prendida en el espinaje.
Me sonríe como un ángel, sin pedir nunca nada
Sólo mira mis manos, que atenazan un Santo Rosario
que me acompaña siempre, en los momentos solitarios.
Lo cuelgo en su cuellito, cruz de plata, cuentas blancas.
Sonríe, dientecitos blancos, con alegría y toda su alma
Ella se acerca y me besa en la mejilla, agradecida
Me abre el poncho y acaricia mi corazón, dándole vida
coloca sus manitos, sobre el suyo, veo la miel de su mirada.
Se aleja como jugando y saltando, por las sendas de la quebrada
miro al hombre que saluda, con su sombrero, agradecido.
Siento con alegría, el retozo regular de mi corazón herido
las manitos de la niña, aliviaron sus latidos, nace la esperanza.
De la cumbre, bajo despacito, por la huella de las cabras
mi corazón regocijado, latiendo suave y tranquilo
miro al cielo y veo al águila, que acompaña mi camino
con la esperanza en mi sangre, el fresco viento en mi cara.
La vida es el cantar de los cantares, toda el alma es su voz.
Se escucha en las sierras, en una queja silenciosa y solitaria
que les lleva la vida, el rancho, con el sol a sus espaldas
retumbando en las quebradas, entre las nubes y el sol.
Seria intolerable, si en nuestra memoria,
al escuchar los silencios ancestrales de los cerros
no habría lugar para las dulces brisas de los ensueños.
