• Sabías que puedes registrarte o ingresar a tu cuenta directamente desde facebook con el botón de facebook en la parte superior de la página?

Obra de ficción en 5 partes con epílogo

Parte 1

El arte severo

Forjar un son en mármol es tarea
que exige luz, compás y disciplina,
no basta el alma ardiente ni divina:
es forma lo que enciende y lo que crea.

Del peso de la métrica se idea
la gracia que en los siglos se encamina:
si el ritmo falta, el verso se avecina
al ruido hueco que jamás ondea.

Mas fiel al arte puro quien se atreve
a domar con su sílaba la llama,
del fuego hace cristal, del aire nieve;

y al fin comprende su secreta trama,
que el alma sufre y goza cuando debe,
pues rige el son su angustia y la reclama.


Parte 2

Soneto contra los poetas tontos

Vienen con aire serio los poetas,
se creen los mesías de la nada;
repiten lo que oyó la madrugada
cuando roncaban tibios los planetas.

Hablan del alma, vagas marionetas,
conjuran metafísica pasada,
y en medio del poema —gran jugada—
se olvidan del lector y sus libretas.

Yo quiero al que tropieza y se sincera,
no al puro fabricante de tristeza,
ni al que posa de genio en su escalera.

Prefiero la palabra que regresa
del humo cotidiano, verdadera,
y en vez de luz divina, da pereza.


Parte 3

De lo trivial y sin medida

Despierta el verso flojo de su prosa,
sin música y sin piel, palabra muerta,
pretende abrir la puerta que ya abierta
dejaron mil sin alma, ni una cosa.

No es arte —pese al gesto y a la rosa—
nombrar lo cotidiano sin alerta:
la voz que no hace forma desconcierta,
andando por la página arenosa.

El paso libre puede ser cadena
si el ritmo se diluye sin sentido,
y tiembla el arte si es que no resuena;

pues nada late, todo está dormido,
si al verso el corazón ya ni lo ordena,
ni suena el mar por dentro contenido.


Parte 4

Museo de versos vacíos

Aquí descansan
los poemas impecables.

No toser, por favor,
que se les puede mover una coma.

Cada verso
fue lavado con detergente métrico,
planchado con regla de academia,
perfumado con cita en latín.

Los críticos aplauden la proeza:
—¡Qué ritmo!
—¡Qué exactitud!
—¡Qué dominio del lenguaje!

Nadie pregunta
de qué están hablando.

Se podría reemplazar cada sustantivo
por “cosa”,
cada verbo
por “suceder”,
y el poema seguiría perfectamente igual:
hermoso,
pulcro,
inofensivo.

Estos poetas
no escriben con sangre,
escriben con líquido limpiavidrios.

No quieren tocar el mundo:
quieren que el mundo los admire
por no haberse manchado nunca las manos.

El dolor real
les arruga la alfombra roja.
La rabia social
les desacomoda el encabalgamiento.
La ternura concreta
no cabe en el endecasílabo reglamentario.

Entonces se refugian
en el “puro trabajo formal”,
como quien se encierra en el baño
para no escuchar que la casa se cae.

Yo no tengo nada contra la forma:
la forma es un cuchillo.
Lo que me preocupa
es esta gente
que colecciona cuchillos afiladísimos
y jamás corta un pedazo de realidad con ellos.

Si la palabra no rompe nada,
si no te deja un moretón en la memoria,
si puedes salir del poema
igualito que entraste,
con tus pequeñas certezas intactas,
entonces no es poema:

es un espejo caro
en el que los poetas
se miran el peinado
mientras el edificio
se incendia.


Parte 5

Del verso vivo y nuevo

Mas hay canción que vibra diferente,
nacida del candor, y no la escuela,
que hiere al alma, entera, sin cautela,
y al caos da sentido transparente.

No busca el orden terco ni evidente,
ni ruge contra el arte ni lo anhela;
su ritmo nace, fluye, se desvela,
respira como el mar, y está presente.

Tiene rigor el aire que sostiene,
no el metro, mas la voz que lo declara,
y en cada son su libertad mantiene.

Así el soplo moderno se repara:
si dice lo que vive y lo que tiene,
la forma vuelve pura, no separa.

Epílogo

Último aviso, cabros:
se acabó el festival de fuegos artificiales.

Quedan, eso sí,
los restos.
Los papelillos en el piso,
el vaso plástico en la vereda,
el programa arrugado del “Gran Recital de Poesía Contemporánea”.

Ahí están los nombres rimbombantes,
los títulos kilométricos,
las notas al pie
que pesan más que el poema.

Todo muy serio,
muy comprometido,
muy “necesario para la época”.

Pero cuando uno rasca un poco
aparece la verdad inconveniente:
el poema no le salva la vida a nadie,
no frena un desahucio,
no cura una depresión,
no paga una cuenta de luz.

Y sin embargo
—qué ironía más grande—
cuando un verso de verdad te agarra del cuello
aunque sea uno,
aunque sea torpe,
aunque tenga una falta de ortografía del porte de un buque,
algo en tu interior
decide aplazar el derrumbe cinco minutos más.

De eso estábamos hablando todo el rato
aunque hiciéramos como que no:
de esos cinco minutos.

No de la gloria literaria,
no del premio municipal,
no del congreso internacional sobre la metáfora líquida.

Cinco minutos más
para el que está a punto de tirar la toalla,
para la que ya no cree en nada,
para el que se ríe solo en el colectivo
porque un verso brutal
le acaba de pegar donde duele.

Si la poesía no sirve para eso,
de nada sirve.

Que se la lleven los museos,
que la congelen en tomos críticos,
que le pongan vitrinas y alarmas.

Nosotros nos quedamos
con la palabra que llega tarde
pero llega,
que se equivoca
pero no miente,
que hace reír en el velorio
y llorar en el supermercado.

Fin de la función.

El poeta apaga el micrófono,
se guarda el ego en el bolsillo,
y baja del escenario
a pedir perdón,
a escuchar,
a fregar platos,
a escribir en la orilla de una boleta,
como quien traza un mapa urgente
para salir juntos
—aunque sea a trompicones—
del incendio.
 

RADIO EN VIVO

Donar

Versos Compartidos en Facebook

Arriba