Francisco Escobar Bravo
Miembro Conocido
En honor a un gran amigo malagueño, un gran poeta, relataré las vivencias que unas palabras suyas me han hecho recordar.
Corría el año 1968, el de mis 22 años recién cumplidos en junio, cuando en el mes de agosto se me ocurrió que tenía que conocer el Torremolinos tan famoso aquél al cual las rubias suecas contaban que acudían a manadas dispuestas a solazarse en brazos de los “latin lovers”. O sea, de los españolitos que normalmente no nos habíamos comido ni una rosca ya que por aquel entonces la Iglesia tenía atemorizadas a nuestras novias con el temor al Fuego Eterno y, principalmente, por temor a un posible embarazo.
No eran los tiempos de ahora, no. Si a mí se me ocurre decirle a mi difunto y querido suegro que me llevaba a su hija a pasar solos una semana no lo hubiese permitido y me hubiese descerrajado dos tiros, aunque nuestro destino hubiera sido un monasterio y nuestro propósito realizar unos Ejercicios Espirituales. Mientras, que su hijo mayor – dos años mayor que yo – estuviera con todas las negritas que quisiera – trabajaba en Costa de Marfil – le parecía de perlas. Cosas de la Dictadura, ya digo. Y mi suegro había hecho la guerra civil en una Bandera de Falange.
El 15 de agosto, pues, y en compañía de un amigo al cual solamente he vuelto a ver una vez estando ya casado me puse en marcha en mi flamante SEAT 600 “preparado”. Todo un lujo para la época, ya les cuento. Salimos a primera hora para intentar llegar ese mismo día, entonces no existían las actuales autopistas ni autovías. La Carretera Nacional era de doble sentido en su mayor parte y como te tocase un camión delante ibas apañado.
Viajábamos solamente con los bañadores puestos, lo cual no sé si estaba permitido por la Guardia Civil, porque el calor apretaba y el 600 – ni creo que ningún otro coche de los que se adquirían en España – disponían de aire acondicionaba. El que entraba por las ventanillas y el que entraba por las ventanillas era abrasador.
Contemplamos un accidente de otro vehículo que circulaba delante de nosotros. Se salió de la carretera o volcó, no recuerdo. Bueno, lo del vuelco sí porque contribuimos a colocar el automóvil en situación de marcha ya que por suerte no hubo heridos.
Comimos en un restaurante donde vimos parados muchos camiones, cosa que nos habían aconsejado ya que era prueba de que se comía bien y barato, y ya nos dirigimos directamente hacia la capital de lo que ya comenzaba a llamarse Costa del Sol.
Llegamos sin más percances ya caída la tarde y lo primero que hicimos fue buscar dónde pasarla noche ya que no eran horas como para desplazarnos al camping de Torremolinos, que era donde pensábamos pasar unos días. Entramos a una cafetería, pedimos sendas cervezas y preguntamos por algún hostal o sitio donde pudiéramos dormir. El camarero, jefe o lo que fuera, debía ser un tipo muy guasón porque al vernos tan jóvenes no se le ocurrió más que preguntarle a su mujer o a la cocinera que si estaríamos bien en casa de doña Carmen, “la madrileña”.
El sitio estaba muy próximo al bar, dejamos aparcado el 600 donde estaba y subimos donde nos habían dicho. Efectivamente, nos recibió una señora de menos de 50 años – para nosotros muy mayor en aquella época, está claro – muy simpática y paisana nuestra.
- No, de habitación no dispongo, está todo ocupado. Pero si queréis os coloco un colchón en la cocina.-. Nos dijo. En peores garitas habíamos hecho guardia, pensamos, y además estábamos deseando ducharnos. Accedimos y bajamos al coche a por el equipaje.
Una vez limpios y aseados nos dispusieron la cena. Nos extrañó que nos sirviesen dos chicas muy jóvenes, de nuestra edad más o menos, muy guapas y ligeritas de ropa. Pero lo atribuimos al calor asfixiante de aquella noche.
Cuando terminamos de cenar nos íbamos a retirar a dormir cuando doña Carmen nos presentó a “su sobrino”. Era un muchacho unos años mayor que nosotros y nuestra inocente juventud de entonces no nos hizo sospechar nada extraño. Él sí era malagueño.
- No, mirad, es que en la cocina no os podéis acostar ahora porque con eso de las cenas… -. Nos dijo la señora. -.
- Si queréis, y ya que disponéis de coche, nos podemos acercar a Torremolinos y os enseño los sitios mejores porque ya supongo la intención con la habéis venido. – Se ofreció él. Mi amigo aceptó encantado y yo lo hice a regañadientes. Me hubiera apetecido más dormir, pero…
Que no me pregunte mi amigo el poeta dónde estábamos, creo recordar que era la calle Larios pero no estoy seguro. Da lo mismo, en todas partes cuecen habas. Nos dirigimos, pues, hacia el “paraíso soñado del sexo” y, efectivamente, nos hallamos con una serie de discotecas con un ambiente que en Madrid no existía en ese tiempo. Chicas semidesnudas bailando, chavales de nuestra edad borrachos tendidos en el suelo de unos soportales y ¡hasta una pareja haciendo el amor en uno de ellos sin el menor pudor y solamente concentrados en lo suyo!
- ¡Macho, nos vamos a poner ciegos! -. Me aseguró mi amigo José María, quien iba provisto de un diccionario de Español – Inglés.
- Como no encontremos alguna francesa… - . Pensé para mí. Yo me defendía en la lengua de Molière bastante bien, ya que no hacía mucho que había aprobado el Preuniversitario. Y sí las encontramos, pero fue días más tarde.
Hartos de perder el tiempo, no nos comimos ni un colín, y de tomar copas volvimos a Málaga y entramos en el piso de doña Carmen. Ya eran las 2 de la madrugada y la encontramos rodeada de varias muchachas quienes según nos explicó vagamente eran todas sus sobrinas. Nos agradó el ambiente y ya comenzamos a sospechar dónde nos había metido el de la cafetería.
Nos fuimos a la cocina, en la cual nos habían dispuesto un mullido colchón, y caímos rendidos. Ignoro si soñé algo pero sí afirmo que me desperté en el Nirvana de un chico de 22 años: Dos jovencitas nos trajeron el desayuno, vestidas solamente con la parte inferior de sus bikinis.
Sería ocioso decirles que fue uno de los mejores desayunos de mi vida. Tanto que cuando dos horas después mi amigo insistió en irnos al camping de Torremolinos lo hice de muy mala gana y con intenciones de volver como no me gustase demasiado.
¡El del bar nos había metido en una de las mejores casas de putas de toda Málaga, el muy cabrito! Pero el resto se lo cuento más tarde u otro día, si les parece.
¡Hasta pronto!
Corría el año 1968, el de mis 22 años recién cumplidos en junio, cuando en el mes de agosto se me ocurrió que tenía que conocer el Torremolinos tan famoso aquél al cual las rubias suecas contaban que acudían a manadas dispuestas a solazarse en brazos de los “latin lovers”. O sea, de los españolitos que normalmente no nos habíamos comido ni una rosca ya que por aquel entonces la Iglesia tenía atemorizadas a nuestras novias con el temor al Fuego Eterno y, principalmente, por temor a un posible embarazo.
No eran los tiempos de ahora, no. Si a mí se me ocurre decirle a mi difunto y querido suegro que me llevaba a su hija a pasar solos una semana no lo hubiese permitido y me hubiese descerrajado dos tiros, aunque nuestro destino hubiera sido un monasterio y nuestro propósito realizar unos Ejercicios Espirituales. Mientras, que su hijo mayor – dos años mayor que yo – estuviera con todas las negritas que quisiera – trabajaba en Costa de Marfil – le parecía de perlas. Cosas de la Dictadura, ya digo. Y mi suegro había hecho la guerra civil en una Bandera de Falange.
El 15 de agosto, pues, y en compañía de un amigo al cual solamente he vuelto a ver una vez estando ya casado me puse en marcha en mi flamante SEAT 600 “preparado”. Todo un lujo para la época, ya les cuento. Salimos a primera hora para intentar llegar ese mismo día, entonces no existían las actuales autopistas ni autovías. La Carretera Nacional era de doble sentido en su mayor parte y como te tocase un camión delante ibas apañado.
Viajábamos solamente con los bañadores puestos, lo cual no sé si estaba permitido por la Guardia Civil, porque el calor apretaba y el 600 – ni creo que ningún otro coche de los que se adquirían en España – disponían de aire acondicionaba. El que entraba por las ventanillas y el que entraba por las ventanillas era abrasador.
Contemplamos un accidente de otro vehículo que circulaba delante de nosotros. Se salió de la carretera o volcó, no recuerdo. Bueno, lo del vuelco sí porque contribuimos a colocar el automóvil en situación de marcha ya que por suerte no hubo heridos.
Comimos en un restaurante donde vimos parados muchos camiones, cosa que nos habían aconsejado ya que era prueba de que se comía bien y barato, y ya nos dirigimos directamente hacia la capital de lo que ya comenzaba a llamarse Costa del Sol.
Llegamos sin más percances ya caída la tarde y lo primero que hicimos fue buscar dónde pasarla noche ya que no eran horas como para desplazarnos al camping de Torremolinos, que era donde pensábamos pasar unos días. Entramos a una cafetería, pedimos sendas cervezas y preguntamos por algún hostal o sitio donde pudiéramos dormir. El camarero, jefe o lo que fuera, debía ser un tipo muy guasón porque al vernos tan jóvenes no se le ocurrió más que preguntarle a su mujer o a la cocinera que si estaríamos bien en casa de doña Carmen, “la madrileña”.
El sitio estaba muy próximo al bar, dejamos aparcado el 600 donde estaba y subimos donde nos habían dicho. Efectivamente, nos recibió una señora de menos de 50 años – para nosotros muy mayor en aquella época, está claro – muy simpática y paisana nuestra.
- No, de habitación no dispongo, está todo ocupado. Pero si queréis os coloco un colchón en la cocina.-. Nos dijo. En peores garitas habíamos hecho guardia, pensamos, y además estábamos deseando ducharnos. Accedimos y bajamos al coche a por el equipaje.
Una vez limpios y aseados nos dispusieron la cena. Nos extrañó que nos sirviesen dos chicas muy jóvenes, de nuestra edad más o menos, muy guapas y ligeritas de ropa. Pero lo atribuimos al calor asfixiante de aquella noche.
Cuando terminamos de cenar nos íbamos a retirar a dormir cuando doña Carmen nos presentó a “su sobrino”. Era un muchacho unos años mayor que nosotros y nuestra inocente juventud de entonces no nos hizo sospechar nada extraño. Él sí era malagueño.
- No, mirad, es que en la cocina no os podéis acostar ahora porque con eso de las cenas… -. Nos dijo la señora. -.
- Si queréis, y ya que disponéis de coche, nos podemos acercar a Torremolinos y os enseño los sitios mejores porque ya supongo la intención con la habéis venido. – Se ofreció él. Mi amigo aceptó encantado y yo lo hice a regañadientes. Me hubiera apetecido más dormir, pero…
Que no me pregunte mi amigo el poeta dónde estábamos, creo recordar que era la calle Larios pero no estoy seguro. Da lo mismo, en todas partes cuecen habas. Nos dirigimos, pues, hacia el “paraíso soñado del sexo” y, efectivamente, nos hallamos con una serie de discotecas con un ambiente que en Madrid no existía en ese tiempo. Chicas semidesnudas bailando, chavales de nuestra edad borrachos tendidos en el suelo de unos soportales y ¡hasta una pareja haciendo el amor en uno de ellos sin el menor pudor y solamente concentrados en lo suyo!
- ¡Macho, nos vamos a poner ciegos! -. Me aseguró mi amigo José María, quien iba provisto de un diccionario de Español – Inglés.
- Como no encontremos alguna francesa… - . Pensé para mí. Yo me defendía en la lengua de Molière bastante bien, ya que no hacía mucho que había aprobado el Preuniversitario. Y sí las encontramos, pero fue días más tarde.
Hartos de perder el tiempo, no nos comimos ni un colín, y de tomar copas volvimos a Málaga y entramos en el piso de doña Carmen. Ya eran las 2 de la madrugada y la encontramos rodeada de varias muchachas quienes según nos explicó vagamente eran todas sus sobrinas. Nos agradó el ambiente y ya comenzamos a sospechar dónde nos había metido el de la cafetería.
Nos fuimos a la cocina, en la cual nos habían dispuesto un mullido colchón, y caímos rendidos. Ignoro si soñé algo pero sí afirmo que me desperté en el Nirvana de un chico de 22 años: Dos jovencitas nos trajeron el desayuno, vestidas solamente con la parte inferior de sus bikinis.
Sería ocioso decirles que fue uno de los mejores desayunos de mi vida. Tanto que cuando dos horas después mi amigo insistió en irnos al camping de Torremolinos lo hice de muy mala gana y con intenciones de volver como no me gustase demasiado.
¡El del bar nos había metido en una de las mejores casas de putas de toda Málaga, el muy cabrito! Pero el resto se lo cuento más tarde u otro día, si les parece.
¡Hasta pronto!
