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Después de ti, nadie.

DESPUÉS DE TI, NADIE

Después de ti, nadie. Empiezo a comprender que debo despertar de algún letargo. Cansado estoy de esta tranquilidad confusa de mi vida.

Después de ti, nadie. ¡Sí, nadie! Porque en especial sólo hubo alguien: ¡Tú!!!...
Fuiste mujer, amiga y confidente; en cierta ocasión amante y cómplice, pero ante todo…, inseparable y bella esposa.

Derivó de ti la esencia de mujer enamorada, siendo tal tu presencia evocadora, que dejó en la mente y la conciencia grata huella que se convirtió en historia. Nada, ni nadie borraría aquel amor que me dejaste, el cual perduraría para siempre en mi memoria.

Pese a ello fui un infame. Hubo otros amores; en otros labios logré estampar los besos míos, todo efecto carecía de emoción, te lo confieso. Quise mirar en otros ojos algún destello o desvarío y solamente miré un total vacío.

También, debo confesarte otra cosa: El tacto de otra piel, al deslizar mis manos en torrente imaginario, daba un toque de sabor común y sin sentido. Cada exploración, a la par de los gemidos, se daba, de manera fastidiosa, y naturalmente denotaban lo fingido. Jamás sentí algún vibrar o un sentir comparable al tuyo. La libido se apagaba sin notoria excitación y sin mostrar intento alguno de llegar al erotismo.

Después de ti, nadie. Pero algo había, porque logré saborear el amor en todas sus manifestaciones. No me puedo quejar. Hubo placer, pasión y todo. Conocí también la mentira, la humillación, el desprecio, el engaño, pero todo destilaba hipocresía.

Por eso, después de ti, nadie. ¡Así como se escucha! Nadie como tú, pudo, en lo mínimo pudo borrar lo ya logrado, ni opacar la esencia pura del haber y el sentir de lo ya amado. Es lo que me hace reafirmar que, después de ti, nadie. ¡En verdad! Nadie.

Hubo otros amores, lo he confesado. Incluso, se volcaron emociones borrascosas de un supuesto amor y desenfreno. Hubo tantas cosas más, pero ninguna comparada con lo nuestro.

Mas, debo admitir sólo una cosa: Supiste perdonar mis canalladas, las que supiste callar con noble beatitud de esposa resignada. Ese amor que empezó como una brisa, aunque desató torrentes tormentosas ¡Jamás, jamás, encalló en el arrecife de la duda! Diste amor límpido, puro, que sutilmente vino a traducirse en una inolvidable vivencia consagrada.

Después de ti, nadie. Solamente logré entender que la vida es corta, pero me corroe el sobrepeso del temor y el desconcierto: ¿Sería que en verdad amé y fui amado y quise disfrutar del amor, todo? O fue de la vida un episodio imaginario.

Autor: Rafael Calderón Negrete. (Puebla, México)
Seudónimo: Jurcan Uriarte Pontleca.
20/09/2017 Derechos de Autor Reservados.©
 
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