Francisco Escobar Bravo
Miembro Conocido
El Divino Cautivo es una talla en madera original de Mariano Benlliure alojada en la capilla de mi Colegio, el Calasancio, que todos los Jueves Santos recorre las calles del Barrio de Salamanca de Madrid.

Noche de silencios llena...
Es el Domingo de Ramos,
muchos trabajan mañana
y otros fueron ya al descanso.
Ya no resulta la misma
Semana Santa que antaño,
entonces sí se rezaba,
¡era creyente el más laico!
Nazarenos que llevaban
sobre sus hombros los Pasos,
con la botella cercana
para atizarse un buen trago,
pero todo ello en silencio,
cuando paraban un rato...
Descansaban, se bebía,
se orinaba, el paso anclado.
Y a la voz del capataz:
- ¡Valientes! -, de nuevo andando.
Hoy queda sólo el recuerdo,
en mi memoria aún grabado,
de aquel Divino Cautivo
que guarda mi Calasancio.
Donde fueron mil personas
detrás marchan hoy tres gatos,
porque por más que lo busco
no encuentro jamás al cuarto.
Muchos fueron a las playas,
otros marcharon al campo,
de los penitentes viejos
bien pocos que se quedaron.
Sólo existe esa costumbre
en donde todo es teatro,
para atraer al turista
y hacer el agosto en marzo.
De aquella piedad de entonces
impuesta, tiempos de Franco,
poco queda pero sigue
Benlliure alumbrando el barrio
y siempre somos los mismos,
los que por suerte quedamos,
quienes al ver esa talla
vertemos algo de llanto.
Es el Domingo de Ramos,
muchos trabajan mañana
y otros fueron ya al descanso.
Ya no resulta la misma
Semana Santa que antaño,
entonces sí se rezaba,
¡era creyente el más laico!
Nazarenos que llevaban
sobre sus hombros los Pasos,
con la botella cercana
para atizarse un buen trago,
pero todo ello en silencio,
cuando paraban un rato...
Descansaban, se bebía,
se orinaba, el paso anclado.
Y a la voz del capataz:
- ¡Valientes! -, de nuevo andando.
Hoy queda sólo el recuerdo,
en mi memoria aún grabado,
de aquel Divino Cautivo
que guarda mi Calasancio.
Donde fueron mil personas
detrás marchan hoy tres gatos,
porque por más que lo busco
no encuentro jamás al cuarto.
Muchos fueron a las playas,
otros marcharon al campo,
de los penitentes viejos
bien pocos que se quedaron.
Sólo existe esa costumbre
en donde todo es teatro,
para atraer al turista
y hacer el agosto en marzo.
De aquella piedad de entonces
impuesta, tiempos de Franco,
poco queda pero sigue
Benlliure alumbrando el barrio
y siempre somos los mismos,
los que por suerte quedamos,
quienes al ver esa talla
vertemos algo de llanto.

