Francisco Escobar Bravo
Miembro Conocido
- Sólo soy un peregrino
y estoy aquí de pasada,
continuaré mi jornada,
aún resta mucho camino.
Dónde me lleve el Destino
sabe Dios dónde será,
solamente Él lo sabrá,
porque a mí poco me importa.
¡Vamos ya!, la vida es corta
y el final muy cerca ya.
No dejes para mañana... -,
me aconsejaba mi abuela.
- Por eso y aunque me duela
he de dejarte, mi hermana.
Que la meta está lejana,
que me queda un largo trecho.
Ya veremos si en mi pecho
late aún fuerte el corazón,
porque si no es sinrazón
el que abandone tu lecho. -
.
Y el peregrino marchó
para nunca más volver,
No le recuerdes, mujer,
pues él a ti te olvidó.
En otra posada entró
a cantar igual romanza,
con idéntica semblanza
y de idéntico sentido,
acelerando el latido
de otra moza. ¡Fue otra chanza!
¡Malhaya aquel caminante
que busca y le dan posada
y después no paga nada
tras disfrutar de ese instante!
Él marcha siempre adelante
sin mirar para detrás
y nunca vuelve, ¡jamás!
No escuches su juramento,
pues después de ese momento
no le verás nunca más.
Así rezaba la historia
que encontré en un libro viejo,
me pareció un buen consejo
y la guardé en mi memoria.
La vida es como una noria
que sin pausa gira y gira,
siempre en el punto de mira
del ladrón está el robar.
Él conjuga el verbo amar
y siempre alguna delira.
Después llegarán las quejas,
llantos y lamentaciones.
- No hagas caso a los ladrones. -,
te aconsejarán las viejas.
Y serán buenas consejas,
pero tú no has de hacer caso.
Cuando el Sol esté en su ocaso
yacerás con el ladrón.
Te romperá el corazón
y un: - ¡Adiós, vida! -, si acaso.
