Francisco Rubén Jorquera
Miembro Conocido
La maleta
El silbato rasgó el aire denso de Estación Central,
y con él, el tiempo se partió en dos.
Por la ventana abierta,
tus manos empujaron una maleta de cartón y esperanzas,
buscando un hueco entre la multitud apresurada.
Pero tú te quedaste abajo, María Eliana.
Con los pies anclados al cemento,
viendo partir el hierro frío de un tren que no te esperó.
No era ropa lo que se alejaba
hacia un horizonte que nunca alcanzaste;
era tu propia voz,
tinta derramada en cuadernos de asombro,
los poemas de una joven que creía poder nombrar el mundo entero.
La máquina se tragó tu juventud
en un solo traqueteo sordo y cruel.
Y hoy, cuando el tiempo ha dibujado surcos en tu rostro,
aún eres la profesora que enseña las palabras de otros,
aún escuchas el rechinar de aquellas vías en tu pecho.
Toda tu rabia, tus reflexiones y tu luz temprana,
viajan todavía en un vagón fantasma hacia el sur.
Y tú sigues ahí, detenida en el andén de la memoria,
sabiendo que esa maleta no era un simple objeto,
era un pedazo íntegro de tu alma
que se quedó perdido sobre las vías de hierro.
Ahora una versión en alejandrinos con rima cruzada
La maleta
Un lúgubre rugido se lleva la memoria,
la sangre de sus letras profunda y malherida;
la niña abandonada llorando por la historia,
el tiempo no devuelve la voz de su partida.
Los versos de su mente volaron con el viento,
y el ancla de los años los tira por el suelo;
la dama de las letras respira su lamento,
buscando la semilla cubierta por el hielo.
Aquel vagón de sombras robó la gran promesa,
de todos sus poemas que guarda el gran archivo,
la sombra de la pena recuerda lo que pesa,
atada sin remedio al llanto más cautivo.
El silbato rasgó el aire denso de Estación Central,
y con él, el tiempo se partió en dos.
Por la ventana abierta,
tus manos empujaron una maleta de cartón y esperanzas,
buscando un hueco entre la multitud apresurada.
Pero tú te quedaste abajo, María Eliana.
Con los pies anclados al cemento,
viendo partir el hierro frío de un tren que no te esperó.
No era ropa lo que se alejaba
hacia un horizonte que nunca alcanzaste;
era tu propia voz,
tinta derramada en cuadernos de asombro,
los poemas de una joven que creía poder nombrar el mundo entero.
La máquina se tragó tu juventud
en un solo traqueteo sordo y cruel.
Y hoy, cuando el tiempo ha dibujado surcos en tu rostro,
aún eres la profesora que enseña las palabras de otros,
aún escuchas el rechinar de aquellas vías en tu pecho.
Toda tu rabia, tus reflexiones y tu luz temprana,
viajan todavía en un vagón fantasma hacia el sur.
Y tú sigues ahí, detenida en el andén de la memoria,
sabiendo que esa maleta no era un simple objeto,
era un pedazo íntegro de tu alma
que se quedó perdido sobre las vías de hierro.
Ahora una versión en alejandrinos con rima cruzada
La maleta
Un lúgubre rugido se lleva la memoria,
la sangre de sus letras profunda y malherida;
la niña abandonada llorando por la historia,
el tiempo no devuelve la voz de su partida.
Los versos de su mente volaron con el viento,
y el ancla de los años los tira por el suelo;
la dama de las letras respira su lamento,
buscando la semilla cubierta por el hielo.
Aquel vagón de sombras robó la gran promesa,
de todos sus poemas que guarda el gran archivo,
la sombra de la pena recuerda lo que pesa,
atada sin remedio al llanto más cautivo.
