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La manzana vanidosa

LA MANZANA VANIDOSA

Hace mucho tiempo, en una hacienda famosa por la calidad de los frutos que ahí se cosechaban, sucedió la historia que ahora te voy a contar.

Tenía esta finca agrícola grandes extensiones de tierras dedicadas al cultivo de manzanas. El clima era el más propicio para el desarrollo de esta fruta. Los minerales contenidos en el subsuelo satisfacían con creces los requerimientos propios de tal cultivo. El agua, fresca y cristalina, proporcionaba los elementos necesarios para que ningún árbol frutal careciera de nutrientes. Los obreros cortaban cada manzana con delicadeza y las colocaban, una por una, sin golpes ni magulladuras en firmes cajas para su transporte a los diferentes lugares del país.

Por todas estas circunstancias y esmeros, era que dicha hacienda tenía el reconocimiento del público en general.

Un buen día, en el manzano más robusto de aquella plantación, brotó una hermosa flor. Esta flor, al darse cuenta de que era muy bella y de que, por su hermoso colorido, sobresalía entre todas las otras flores, altivamente les dijo a las demás flores

- Como podrán darse cuenta, yo soy la flor más hermosa de esta plantación.

- Estamos conscientes de ello, y nos sentimos orgullosas de ti, dijeron a coro las demás.

- No me interesa lo que ustedes digan o piensen, yo sé quien soy y eso me basta. Una cosa les digo, yo me voy a transformar en la manzana más exquisita que jamás haya habido en el mundo, despectivamente espetó aquella flor.

- Olvidémonos de esta vanidosa y vivamos nuestra vida normal, dijeron entre sí todas las flores.

Transcurrió el tiempo. Las flores fueron polinizadas. Poco a poco, los arboles se empezaron a cargar de manzanitas. Los obreros abonaban la tierra y arrancaban las malas hierbas que naturalmente crecen en los lugares húmedos y ricos en nutrientes. Fumigaban para evitar plagas en las raíces, troncos, ramas, hojas y frutos. Regaban según un estricto calendario y en la cantidad previamente especificada. En fin, dedicaban todo su esmero para que el crecimiento de las manzanas fuera el indicado y se pudiera mantener el renombre de aquellos frutos.

De vez en cuando, aquella manzana vanidosa, que en verdad era excelente por su jugosa carne, por su exuberante colorido y por su descomunal tamaño, despectivamente decía a sus compañeras

- A mí no me va cortar cualquier obrero. Yo soy digna de un rey y esperaré a que un rey venga, me corte y goce de mi excelsa calidad.

- No seas tonta, decían sus compañeras. Ofrece sinceramente lo que tienes para que los demás puedan gozar de tu riqueza.

Llegó el tiempo de la cosecha. Los obreros delicadamente empezaron a cortar y a acomodar tan deliciosos frutos. La manzana vanidosa, con toda mala intención, les exigió a las hojas que se encontraban a su lado que la taparan de tal manera que los obreros no la pudieran ver.

Las demás manzanas le decían : - No seas tonta. No te escondas.

Ella les contestaba : - Ya dije que yo soy una manzana especial y sólo por una persona especial me voy a dejar cortar.

- Nosotras sabemos que eres la mejor. Reconocemos que nunca ha habido manzana más jugosa, apetitosa y colorida como tú. Pero si las personas no se dan cuenta de que tú existes, tú y todas tus excelsas características no van a servir para nada. Insistían las otras manzanas.

- Ya cállense. No me van a convencer. Yo soy una manzana regia y necesito a un rey para dejarme cortar. Dijo tajantemente.

Tan bien la ocultaron las hojas, que efectivamente los cosechadores no la vieron. En todo aquel enorme plantío, quedó ella sola.

Ilusa y neciamente esperaba que llegara alguien digna de ella para dejarse aprovechar.

Pasó un día y no se apareció tan regio personaje. La manzana vanidosa pensaba - ya vendrá mañana.

Pero al día siguiente tampoco se presentó. Terca y obstinada la manzana no perdía las esperanzas. Pasó una semana y la piel tan tersa y brillante de la manzana, empezó a arrugarse y opacarse. Su jugo, antes dulce y exquisito, empezó a agriarse. Después de quince días de haber quedado expuesta a los rayos directos del sol, comenzó a marchitarse y avejentarse.

Un mes después, de aquella majestuosa y excelente manzana, no quedaba más que una masa putrefacta que no atraía ni a los gusanos. Aquel exquisito jugo y aquella deliciosa carnosidad no sirvieron para nada.

El manzano donde había nacido y crecido aquel manjar, dijo a los otros árboles:
- Qué triste e inútil desperdicio. A la belleza hay que añadirle inteligencia. De nada sirven nuestras virtudes, por más reales y efectivas que sean, si no las ofrecemos a los demás.

Bernardo Vázquez Rodríguez. Autor mexicano.
Derechos reservados de autor
 
LA MANZANA VANIDOSA

Hace mucho tiempo, en una hacienda famosa por la calidad de los frutos que ahí se cosechaban, sucedió la historia que ahora te voy a contar.

Tenía esta finca agrícola grandes extensiones de tierras dedicadas al cultivo de manzanas. El clima era el más propicio para el desarrollo de esta fruta. Los minerales contenidos en el subsuelo satisfacían con creces los requerimientos propios de tal cultivo. El agua, fresca y cristalina, proporcionaba los elementos necesarios para que ningún árbol frutal careciera de nutrientes. Los obreros cortaban cada manzana con delicadeza y las colocaban, una por una, sin golpes ni magulladuras en firmes cajas para su transporte a los diferentes lugares del país.

Por todas estas circunstancias y esmeros, era que dicha hacienda tenía el reconocimiento del público en general.

Un buen día, en el manzano más robusto de aquella plantación, brotó una hermosa flor. Esta flor, al darse cuenta de que era muy bella y de que, por su hermoso colorido, sobresalía entre todas las otras flores, altivamente les dijo a las demás flores

- Como podrán darse cuenta, yo soy la flor más hermosa de esta plantación.

- Estamos conscientes de ello, y nos sentimos orgullosas de ti, dijeron a coro las demás.

- No me interesa lo que ustedes digan o piensen, yo sé quien soy y eso me basta. Una cosa les digo, yo me voy a transformar en la manzana más exquisita que jamás haya habido en el mundo, despectivamente espetó aquella flor.

- Olvidémonos de esta vanidosa y vivamos nuestra vida normal, dijeron entre sí todas las flores.

Transcurrió el tiempo. Las flores fueron polinizadas. Poco a poco, los arboles se empezaron a cargar de manzanitas. Los obreros abonaban la tierra y arrancaban las malas hierbas que naturalmente crecen en los lugares húmedos y ricos en nutrientes. Fumigaban para evitar plagas en las raíces, troncos, ramas, hojas y frutos. Regaban según un estricto calendario y en la cantidad previamente especificada. En fin, dedicaban todo su esmero para que el crecimiento de las manzanas fuera el indicado y se pudiera mantener el renombre de aquellos frutos.

De vez en cuando, aquella manzana vanidosa, que en verdad era excelente por su jugosa carne, por su exuberante colorido y por su descomunal tamaño, despectivamente decía a sus compañeras

- A mí no me va cortar cualquier obrero. Yo soy digna de un rey y esperaré a que un rey venga, me corte y goce de mi excelsa calidad.

- No seas tonta, decían sus compañeras. Ofrece sinceramente lo que tienes para que los demás puedan gozar de tu riqueza.

Llegó el tiempo de la cosecha. Los obreros delicadamente empezaron a cortar y a acomodar tan deliciosos frutos. La manzana vanidosa, con toda mala intención, les exigió a las hojas que se encontraban a su lado que la taparan de tal manera que los obreros no la pudieran ver.

Las demás manzanas le decían : - No seas tonta. No te escondas.

Ella les contestaba : - Ya dije que yo soy una manzana especial y sólo por una persona especial me voy a dejar cortar.

- Nosotras sabemos que eres la mejor. Reconocemos que nunca ha habido manzana más jugosa, apetitosa y colorida como tú. Pero si las personas no se dan cuenta de que tú existes, tú y todas tus excelsas características no van a servir para nada. Insistían las otras manzanas.

- Ya cállense. No me van a convencer. Yo soy una manzana regia y necesito a un rey para dejarme cortar. Dijo tajantemente.

Tan bien la ocultaron las hojas, que efectivamente los cosechadores no la vieron. En todo aquel enorme plantío, quedó ella sola.

Ilusa y neciamente esperaba que llegara alguien digna de ella para dejarse aprovechar.

Pasó un día y no se apareció tan regio personaje. La manzana vanidosa pensaba - ya vendrá mañana.

Pero al día siguiente tampoco se presentó. Terca y obstinada la manzana no perdía las esperanzas. Pasó una semana y la piel tan tersa y brillante de la manzana, empezó a arrugarse y opacarse. Su jugo, antes dulce y exquisito, empezó a agriarse. Después de quince días de haber quedado expuesta a los rayos directos del sol, comenzó a marchitarse y avejentarse.

Un mes después, de aquella majestuosa y excelente manzana, no quedaba más que una masa putrefacta que no atraía ni a los gusanos. Aquel exquisito jugo y aquella deliciosa carnosidad no sirvieron para nada.

El manzano donde había nacido y crecido aquel manjar, dijo a los otros árboles:
- Qué triste e inútil desperdicio. A la belleza hay que añadirle inteligencia. De nada sirven nuestras virtudes, por más reales y efectivas que sean, si no las ofrecemos a los demás.

Bernardo Vázquez Rodríguez. Autor mexicano.
Derechos reservados de autor


Estupenda prosa amigo Bernardo
una gran enseñanza trasmites en ella
la belleza sin inteligencia no sirve de nada,
la belleza muere pero la inteligencia nunca.
Un fuerte abrazo.
 

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