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LA MUJER MUERTA - (Leyenda)

I


Hace días, por el campo
estuve con un amigo
y vimos las bellas plantas
y vimos crecer el trigo.
A nuestros ojos, bellezas
se ofrecían de la vida;
acá lucían las hojas
que de los robles prendían;
allá los pájaros cantan,
allí vuelan golondrinas,
allí reflejan sus sombras
altas ramas de una encina
y allí se refleja el cielo
de luz radiante y hermoso.
¡Qué dichoso goza el hombre
de estas cosas! ¡Con qué gozo
contemplaba la llanura!
Mas heme aquí, de repente,
que a mis ojos asombrados
y repletos de deleite
se presenta dura piedra
de contornos fantasmales,
que todo lo hermoso quita
de estos hermosos lugares.


Pregunté a mi compañero
de qué fuera aquella roca
y con aire misterioso
me contestó: - De la loca
es el peñasco, regado
por las fuentes que de él manan
de la sangre de unos nobles
de la nobleza cristina.-



Interroguele con ansia
y así contóme esta historia
para escarnio de maldades
y de virtudes la gloria.


II


- ¡Miradle cómo desfila
tras los pendones reales!
¡Las alabardas le siguen
prestándole su homenaje!
-.


La muchedumbre clamaba
de ver el apuesto noble
que sobre caballo blanco
yergue erguido como un roble.


- ¿Quién es? -. Se preguntan todos.
- Es don Álvaro de Lara
que de la guerra del moro,
tras de rendir a Granada,
hoy se retorna a su tierra,
a reposar en sus lares
de la sierra segoviana,
donde le aguarda su madre.
-.


Por la ciudad van entrando,
inexpugnable reducto
de la Castilla de antaño;
ya han pasado el acueducto
que atraviesa por la Villa,
ya circulan por las calles
entre ruido de cornetas
y sonido de atabales.
Orgulloso se ve al joven
sobre el caballo enjaezado,
degustando satisfecho
los dones que le dio el Hado.
Ha cruzado de un palacio
las ventanas entornadas
y tras de los suaves velos
ha visto una faz rosada.
Se ha emocionado su pecho,
ha interrogado a un lacayo.


- Es doña Inés de Lucientes,
la dama del de Cedaño.
-.


Pensativo queda el joven,
marchando con su mesnada
entre gran nube de polvo
que seca le deja el alma.
Ya se alejan los jinetes
por las calles segovianas
y van dejando a su paso
pasión en cada ventana.


III


La joven dama cosía
cuando pasaba el de Lara
y su rostro dulce y bello
ante su fija mirada
encendióse de repente,
quedando así arrebolada.


Después siguió con los ojos
a la figura gallarda,
con la sonrisa en los labios,
con la visión trastornada.
Las miradas de la joven
siguieron las ya lejanas
figuras de los soldados
que por las calles marchaban...


- ¿Cómo se llama ese joven? -
A su dueña preguntara,
la cual, con dulzura, dijo:
- Mi joven y dulce ama,
dejaros de galanteos
y preguntas descocadas,
que si el marqués lo supiera,
de Cedaño, se enojara.
Mas, entre nos, ese joven
es don Álvaro de Lara
que, terminada la guerra
retorna a la su morada.
-.


IV


Ya la noche con sus sombras
hasta la Villa ha llegado.
Ya duerme toda la gente,
la labor se ha terminado.
Ya la ciudad en silencio
está envuelta en estas horas.
Tan sólo, de vez en cuando,
se oyen pasos de la ronda.


Una silueta espigada,
que en negra capa se emboza,
avanza por las callejas
de manera silenciosa.
Ha llegado ante una casa,
ha contemplado sus muros,
ha quedado pensativo
en un soportal oscuro.
Una ventana se ha abierto,
una mujer se ha asomado
a respirar de la noche
el aroma perfumado.
La joven dama no mira.
Sus ojos tan sólo sueñan
de no encontrase sujetos
de los ojos de la dueña.
En esto el hombre se llega
a dónde la luna alumbra
y a su claridad escasa
permanece en gris penumbra.


La joven exhala un grito;
de sorpresa es poseída.
Encúbrese bien los hombros
y al hombre, asustada, mira.


- ¿Quién sois vos que así, insolente,
a importunarme se atreve?
-.
- Un caminante tan sólo
que, enamorado, pretende
romper el delgado muro
que vuestros temores tienden.
Al veros esta mañana,
de mis hombres yendo al frente,
mi corazón encendióse
en amor, si no os ofende
que lo diga, de la noche
entre las sombras oculto
y castigadme si osado
con mi presencia di susto
a quien yo adoro mas, dadme,
si sois ángel el indulto.-.



- Vuestro nombre decid presto,
para entendernos primero,
pues no ha de hablar con lacayo
la dama de un caballero.-.

- ¿El nombre qué importa cuando
de vuestro amor prisionero
me dejaron vuestros ojos
con su mirar hechicero?
Mas si recelos tuvierais
de si soy bajo y rastrero,
os juro que yo soy noble,
jurando sobre mi acero.
-.


- Éste, señor ignorado,
no es lugar de devaneos,
mas si mi amor pretendieseis
aguardarme junto al cerro
que se vislumbra allí enfrente
cuando dé el toque postrero,
mañana si Dios quisiere.
-.


- ¡Allí en efecto seré
por conseguir vuestro amor!
-.
Un guante de terciopelo
hasta la calle cayó
desde ventana entornada
que la dama no cerró.
El galán tomó la prenda,
con sus labios la besó,
hizo un saludo a la noche
y presuroso partió.
V
- ¿Habéis visto lo que vide? -.
- Sí lo vi, querido hermano. -.
-¡En efecto fuera ella!
¡Qué Destino desdichado
nos trajera aquí esta noche!
¡Qué triste ha sido mi Hado!
¡A cortejar a mi dama
yo presuroso me vine
y la vide aquí con otro!
¡Coqueteando la vide!
¡Mas esto no queda así
pues que mañana, en el cerro,
nos miraremos las caras
el caballero infeliz
que intenta robar mi dama
y mi persona, que busca
vengar la ofensa malvada
de la dama que es traidora
y del galán que la ama!-.



Así clamaba el Cedaño,
que con su hermano se hallaba
entre las sombras ocultos
de la noche segoviana
donde, por mísero azar,
les colocara el Destino.
Así planean venganza,
urdiendo así desatinos,
ignorando que la sangre
las ofensas no repara,
siendo mala consejera,
"que la sangre, sangre clama".
VI


Ya han salido de Segovia
dos caballeros, jinetes
sobre caballos oscuros.
Ya se pasean corchetes
de la Justicia en la calle.
Una calesa ha salido
de la ciudad. Por el valle
se ha dirigido hacia el monte
que se llamó de la Loca,
por alguna vieja historia
que corre de boca en boca
entre la gente del pueblo.
En un pinar se detiene.
Una dama ha descendido
aguardando al que no viene.


Así pasa cierto rato.
Unos ojos a su espalda,
que si fuesen alabardas
allí la joven muriera,
la vigilan indignados,
siendo su aspecto de fieras.
Son el Cedaño y su hermano.
Ahora es ya noche cerrada
cuando un caballo se escucha.
Los Cedaño se separan.
Ahora su rabia ya es mucha.
Han decidido atacarle
a la vez por ambos lados
y así, con fiero deleite,
le dejarán ensartado.
Se ha detenido el caballo.
Ha bajado un caballero,
Rápidos, cual fueran rayos,
los hermanos, traicioneros,
al joven atacan duro.
Se les cruzan los aceros
y permanecen un rato
dando estocadas al cielo.


El de Lara se escabulle
por ser dos los atacantes.
Los hermanos no rehúyen
el combate que, ignorantes,
al fratricidio les lleva.
Rueda el marqués por el suelo
ante el placer del hermano,
con fiera estocada dentro,
con el acero en la mano.


- ¡Ya he matado al enemigo! -.
¡El infeliz se alboroza!
El de Lara, con sigilo,
hasta su lado se llega
y con suerte le traspasa
de una estocada certera.


Doña Inés, en entretanto,
ha escuchado algunas voces,
mas en aquellos chillidos
al marqués no reconoce.
Ve acercarse al noble Lara
y a su encuentro, presurosa,
sale la dama, nerviosa,
preguntando qué pasara.
- Salteadores de caminos. -
El mancebo le contesta,
tranquilizando a la dama
con esta falsa respuesta.
Empieza el joven con ansia
a cantarle su belleza
y así revela a la dama
su misteriosa nobleza.
Pasan las horas tranquilas;
los dos amantes se aman
con furor, con ansias locas,
con olvido de la fama.

VII


Cuando la aurora se llega,
en un descuido del noble,
la joven dama se acerca
adonde oyera, en la noche,
voces y gritos ahogados
y resonar de mandobles.
Mira al marqués y a su hermano
que están bañados en sangre.
Y a pedir cuentas se acerca
adonde duerme su amante.

- ¡Asesino! ¡Le matasteis!-.
- ¡Al uno mató su hermano
y porque fue fratricida
le ajusticié por mi mano!-.

- ¡Era mi novio, el Cedaño!-.
- ¡Era mi vida! ¡La mía,
la que los dos atacaron,
la que anoche defendía!
-.
- ¡Daré parte a la Justicia! -.
- ¡Por Belcebú, doña Inés,
tal desatino no hagáis!
Si no, ¡moriréis también!-



La joven sale corriendo.
El mancebo la persigue
y en el macizo roqueño
acosarla al fin consigue.
De furor es poseído,
ansias de muerte le aquejan
y así a la dama acorrala
sin escuchar ni sus quejas.
Alza la espada con ira
y la descarga terrible,
arrebatando su vida.
Conclusión
Y así es fama, desde entonces,
que la joven tornó en piedra
que, aprisionando al de Lara,
hizo que allí sucumbiera,
vislumbrándose en el campo,
desde Segovia las puertas,
aquella montaña abrupta
que llamamos Mujer Muerta.


Es doña Inés de Lucientes
que en el castigo reposa
porque causara la muerte
de quien pudo ser esposa.


2 de junio de 1962
 

José Luis Blázquez

JURADO - MODERADOR de los Foros de Poética Clásica
Extraordinario y sorprendente poema, muy del estilo de lo que se escribía en el llamado Siglo de Oro de las letras españolas. Podría perfectamente estar firmado por Lope de Vega, Calderón de la Barca, etc., y nadie notaría la diferencia.

Un abrazo.
 
No exageres, querido José Luis. :) Lo que sí es cierto es que para haberlo escrito días antes de cumplir los 16 años quizás signifique que ya apuntaba maneras. ;)
Pero tiene cantidad de errores de Métrica y de rimas. Aunque me gustaría saber cómo escribían esos genios a los que citas con esa edad, sobre todo estando pendiente de la Reválida de 6º que aprobé por aquellas fechas. ;)
Muchísimas gracias, querido amigo. Y disculpa que haya ocupado tanto espacio con el poema, pero es que es largo.
Abrazos.
 

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