Bartolomé Rodríguez Oliva
Miembro
La vejez
Al entrar en los años
me hice acompañar del
sosiego.
Afronté los obstáculos
con la dignidad del guerrero,
sin armas, ni escudo,
sólo con el corazón abierto;
aunque, de vez en cuando,
un frío gélido, desconcertante,
te va dejando medio muerto.
Puñaladas, zancadillas, desamor,
te abren los ojos
desde un mundo ciego.
La desconfianza se apodera
de cada instante, de cada momento,
hasta que una sonrisa infantil,
unos enormes ojos negros,
reclaman tu ayuda,
te extienden sus brazos abiertos.
Te cargan las pilas,
te abren el corazón nuevo.
Un orgullo interior te cubre
las sienes de un blanco intenso.
Autor Bartolomé Rodríguez Oliva
Al entrar en los años
me hice acompañar del
sosiego.
Afronté los obstáculos
con la dignidad del guerrero,
sin armas, ni escudo,
sólo con el corazón abierto;
aunque, de vez en cuando,
un frío gélido, desconcertante,
te va dejando medio muerto.
Puñaladas, zancadillas, desamor,
te abren los ojos
desde un mundo ciego.
La desconfianza se apodera
de cada instante, de cada momento,
hasta que una sonrisa infantil,
unos enormes ojos negros,
reclaman tu ayuda,
te extienden sus brazos abiertos.
Te cargan las pilas,
te abren el corazón nuevo.
Un orgullo interior te cubre
las sienes de un blanco intenso.
Autor Bartolomé Rodríguez Oliva
