Francisco Rubén Jorquera
Miembro Conocido
Manual de vuelo para el hombre caído
I. Soneto de las mensajeras dormidas
Guardan del cielo un eco que persiste,
alas de bruma, sueño que regresa;
sombra del pacto antiguo se atraviesa,
humano dios que olvida y que resiste.
Fueron heraldos del amor más triste,
luz entre ruinas, paz que ya no cesa;
más hoy su canto calla en la tristeza
del aire ciego que su ley contriste.
Nos dieron rutas, fuego, voz, memoria —
y las trocamos por rumor de acero,
por redes frías y fugaz victoria.
Vuelan aún, custodian el sendero:
ángeles grises de la vieja historia,
orando al hombre que mató su fuero.
II. Palomas del fin del juego
Hablan sin boca.
Nadie las escucha —
el hombre tiene antenas, radares,
y ya no mira al cielo.
Fueron correo divino,
telegrama con plumas,
profetas con GPS natural.
Luego vino el ruido,
y las olvidamos.
Las dejamos orbitando las plazas,
acariciando los restos del pan y del tiempo.
A veces miran hacia arriba,
esperando la señal
que nunca llega.
Nos vigilaban desde los campanarios,
ahora mendigan sombra y wifi.
Pero ellas saben —
el mapa no está roto.
Sólo espera
que el hombre recuerde
cómo se vuela sin motores.
III. Las palomas del Apocalipsis doméstico
Señoras y señores:
Las palomas han sido despedidas.
No habrá indemnización.
El progreso no paga jubilaciones aladas.
Antes eran correos celestiales,
ahora son vagabundas con plumas grises,
ángeles de la basura,
mendigas del pan y de la memoria.
El hombre las suplanta con Wi‑Fi,
con drones,
con notificaciones push.
Más rápido, más limpio, más sin alma.
Dicen que algún día bajarán de nuevo,
cuando nos quedemos sin batería,
cuando el último influencer
pregunte en voz baja
qué era eso de mirar el cielo.
Mientras tanto giran,
siguen girando,
como si cuidaran
nuestro pequeño planeta de plástico.
¡Gloria a las palomas!
Últimas testigos
de la especie más lista
y más estúpida del universo.
Epílogo: Las que esperan
Tal vez cuando el ruido cese
y las luces del mercado se apaguen,
volverá el rumor de alas invisibles.
Las palomas descenderán del tiempo,
no para juzgarnos,
sino para mostrarnos una piedra,
una rama,
un trozo de cielo que no vendimos aún.
Y el hombre —ese animal sin dirección—
reconocerá en su vuelo
la forma perdida de su propia oración.

I. Soneto de las mensajeras dormidas
Guardan del cielo un eco que persiste,
alas de bruma, sueño que regresa;
sombra del pacto antiguo se atraviesa,
humano dios que olvida y que resiste.
Fueron heraldos del amor más triste,
luz entre ruinas, paz que ya no cesa;
más hoy su canto calla en la tristeza
del aire ciego que su ley contriste.
Nos dieron rutas, fuego, voz, memoria —
y las trocamos por rumor de acero,
por redes frías y fugaz victoria.
Vuelan aún, custodian el sendero:
ángeles grises de la vieja historia,
orando al hombre que mató su fuero.
II. Palomas del fin del juego
Hablan sin boca.
Nadie las escucha —
el hombre tiene antenas, radares,
y ya no mira al cielo.
Fueron correo divino,
telegrama con plumas,
profetas con GPS natural.
Luego vino el ruido,
y las olvidamos.
Las dejamos orbitando las plazas,
acariciando los restos del pan y del tiempo.
A veces miran hacia arriba,
esperando la señal
que nunca llega.
Nos vigilaban desde los campanarios,
ahora mendigan sombra y wifi.
Pero ellas saben —
el mapa no está roto.
Sólo espera
que el hombre recuerde
cómo se vuela sin motores.
III. Las palomas del Apocalipsis doméstico
Señoras y señores:
Las palomas han sido despedidas.
No habrá indemnización.
El progreso no paga jubilaciones aladas.
Antes eran correos celestiales,
ahora son vagabundas con plumas grises,
ángeles de la basura,
mendigas del pan y de la memoria.
El hombre las suplanta con Wi‑Fi,
con drones,
con notificaciones push.
Más rápido, más limpio, más sin alma.
Dicen que algún día bajarán de nuevo,
cuando nos quedemos sin batería,
cuando el último influencer
pregunte en voz baja
qué era eso de mirar el cielo.
Mientras tanto giran,
siguen girando,
como si cuidaran
nuestro pequeño planeta de plástico.
¡Gloria a las palomas!
Últimas testigos
de la especie más lista
y más estúpida del universo.
Epílogo: Las que esperan
Tal vez cuando el ruido cese
y las luces del mercado se apaguen,
volverá el rumor de alas invisibles.
Las palomas descenderán del tiempo,
no para juzgarnos,
sino para mostrarnos una piedra,
una rama,
un trozo de cielo que no vendimos aún.
Y el hombre —ese animal sin dirección—
reconocerá en su vuelo
la forma perdida de su propia oración.

