Francisco Escobar Bravo
Miembro Conocido
Me entero a través de los Medios de Comunicación de que en pleno corazón del Barrio de San Blas, una zona superpoblada de Madrid, han descubierto al ir a desahuciar a un hombre de 53 años su cadáver momificado, fallecido al parecer hace cuatro años por una enfermedad hepática que padecía.
Ninguno de sus vecinos le había echado en falta, a pesar de que en aquella época un muchacho indicó que olía muy mal en la escalera. Esta afirmación la ratificó otro vecino, cuya vivienda colinda con la del finado, pero como les había contado que se encontraba enfermo y habían observado que una vez vino a recogerle una ambulancia se supuso que habría sido trasladado a algún hospital en el cual fallecería. Y nadie se preocupó más de él.
Su buzón de correos estaba totalmente repleto, pero ninguno de los vecinos debió verlo extraño. Y el caso curioso es que, según cuentan, era un hombre muy querido en el barrio y “con muchos amigos”. ¡Diantre con los amigos…! No debían serlo mucho cuando ninguno de ellos lo echó en falta ni intentó averiguar qué había sido de él. Ya saben, el término que es tan tomado a la ligera de “amigo”…
Únicamente se han percatado de su fallecimiento cuando el Juzgado se ha hecho presente en el domicilio con ánimo de desahuciarle, ignoro por qué motivo. Es de suponer que viviera de alquiler y el propietario ante la falta de pago acudiera a la vía judicial. Es de imaginar la sorpresa del cerrajero, de los Oficiales del Juzgado y de la Policía Municipal al hallarse con la momia del presunto moroso.
Esto nos da una idea de hasta qué punto se ha deshumanizado la convivencia vecinal en nuestro país. Te mueres y hasta cuatro años después, por imperativo judicial, nadie se percata de ello. Ni las personas con las que solías frecuentar algún bar siquiera.
Hace años escribí un artículo en el que comentaba que mi vecino de piso se había muerto y ni nos habíamos enterado. Asimismo, hará dos años que falleció en su domicilio mi vecino de abajo y me enteré al cabo de los días cuando anunciaron su funeral. Y hace pocos días uno de los vecinos me comunicó que otra vecina también había fallecido, pero esa señora vivía más tiempo fuera de Madrid y si no se anunció no me resultó raro que no me hubiera enterado.
Recuerdo que, siendo niño y habiendo enfermado mi padre, todos los vecinos pasaban asiduamente por mi domicilio a interesarse por su estado. Todos nos conocíamos y sabíamos a qué se dedicaba cada cual. Actualmente, nos encerramos en nuestras casas y no sabemos quién es quién. Excepto que nos molesten con ruidos, en cuyo caso incluso ni tratamos de solventarlo personalmente en una amistosa charla sino que lo denunciamos a la Policía, consideramos a los vecinos como personas que habitan en nuestro mismo inmueble pero de quienes desconocemos casi absolutamente todo. Si acaso, si se trata de gente con aspecto extraño y vestimentas no comunes, podemos sospechar algo siempre malo. En otro caso, con darnos los buenos días o las buenas noches ya tenemos bastante.
Cuando me casé sí vivimos durante veinte años en un edificio en el cual había 89 familias y allí sí conocí a la gran mayoría de ellos, celebrando las fiestas navideñas bastante en común. ¡Hasta venían los Reyes Magos a visitar a nuestros hijos en la noche del 5 de enero! Uno de los vecinos se disfrazaba de Rey Melchor y hacía las delicias de los críos, que habrían unos ojos como platos.
En el Madrid de hoy y en donde habito eso es impensable. ¿Cómo vas a permitir la entrada en tu domicilio de cincuenta personas, alguna con una copa o dos de más, a felicitarte las Fiestas? ¡Inaudito!
Así nos va en la vida. Fallece quien reside con solamente un tabique de por medio y aunque nos lleguen malos olores no nos molestamos en interesarnos por el motivo de ellos.
¡Qué lástima! No será necesario que les diga que ninguno de mis vecinos conoce que me dedique a escribir. ¿Para qué, si no es de su incumbencia y además no soy un autor famoso del cual poder alardear tener de vecino?
En el sepelio de mi padre el cadáver, dentro de un coche fúnebre de aquellos repletos de ornato de esos años, fue acompañado durante doscientos metros por una multitud que hizo cortar el escaso tráfico por entonces existente en mi calle, una ancha avenida. ¡Igualito que ahora, que introducen al difunto en un carrito semejante a los de la compra sólo que un poco mayor y lo sacan a toda prisa para que lo observe cuanta menos gente mejor! ¡Hasta morirse debe ser vergonzoso!
No exijo que el día que me toque me rindan unas exequias dignas de un Rey, pero sí me gustaría que supieran que me he muerto. Y no sólo por el hecho de que no me escuchen cantar.
¡Hasta pronto!
Ninguno de sus vecinos le había echado en falta, a pesar de que en aquella época un muchacho indicó que olía muy mal en la escalera. Esta afirmación la ratificó otro vecino, cuya vivienda colinda con la del finado, pero como les había contado que se encontraba enfermo y habían observado que una vez vino a recogerle una ambulancia se supuso que habría sido trasladado a algún hospital en el cual fallecería. Y nadie se preocupó más de él.
Su buzón de correos estaba totalmente repleto, pero ninguno de los vecinos debió verlo extraño. Y el caso curioso es que, según cuentan, era un hombre muy querido en el barrio y “con muchos amigos”. ¡Diantre con los amigos…! No debían serlo mucho cuando ninguno de ellos lo echó en falta ni intentó averiguar qué había sido de él. Ya saben, el término que es tan tomado a la ligera de “amigo”…
Únicamente se han percatado de su fallecimiento cuando el Juzgado se ha hecho presente en el domicilio con ánimo de desahuciarle, ignoro por qué motivo. Es de suponer que viviera de alquiler y el propietario ante la falta de pago acudiera a la vía judicial. Es de imaginar la sorpresa del cerrajero, de los Oficiales del Juzgado y de la Policía Municipal al hallarse con la momia del presunto moroso.
Esto nos da una idea de hasta qué punto se ha deshumanizado la convivencia vecinal en nuestro país. Te mueres y hasta cuatro años después, por imperativo judicial, nadie se percata de ello. Ni las personas con las que solías frecuentar algún bar siquiera.
Hace años escribí un artículo en el que comentaba que mi vecino de piso se había muerto y ni nos habíamos enterado. Asimismo, hará dos años que falleció en su domicilio mi vecino de abajo y me enteré al cabo de los días cuando anunciaron su funeral. Y hace pocos días uno de los vecinos me comunicó que otra vecina también había fallecido, pero esa señora vivía más tiempo fuera de Madrid y si no se anunció no me resultó raro que no me hubiera enterado.
Recuerdo que, siendo niño y habiendo enfermado mi padre, todos los vecinos pasaban asiduamente por mi domicilio a interesarse por su estado. Todos nos conocíamos y sabíamos a qué se dedicaba cada cual. Actualmente, nos encerramos en nuestras casas y no sabemos quién es quién. Excepto que nos molesten con ruidos, en cuyo caso incluso ni tratamos de solventarlo personalmente en una amistosa charla sino que lo denunciamos a la Policía, consideramos a los vecinos como personas que habitan en nuestro mismo inmueble pero de quienes desconocemos casi absolutamente todo. Si acaso, si se trata de gente con aspecto extraño y vestimentas no comunes, podemos sospechar algo siempre malo. En otro caso, con darnos los buenos días o las buenas noches ya tenemos bastante.
Cuando me casé sí vivimos durante veinte años en un edificio en el cual había 89 familias y allí sí conocí a la gran mayoría de ellos, celebrando las fiestas navideñas bastante en común. ¡Hasta venían los Reyes Magos a visitar a nuestros hijos en la noche del 5 de enero! Uno de los vecinos se disfrazaba de Rey Melchor y hacía las delicias de los críos, que habrían unos ojos como platos.
En el Madrid de hoy y en donde habito eso es impensable. ¿Cómo vas a permitir la entrada en tu domicilio de cincuenta personas, alguna con una copa o dos de más, a felicitarte las Fiestas? ¡Inaudito!
Así nos va en la vida. Fallece quien reside con solamente un tabique de por medio y aunque nos lleguen malos olores no nos molestamos en interesarnos por el motivo de ellos.
¡Qué lástima! No será necesario que les diga que ninguno de mis vecinos conoce que me dedique a escribir. ¿Para qué, si no es de su incumbencia y además no soy un autor famoso del cual poder alardear tener de vecino?
En el sepelio de mi padre el cadáver, dentro de un coche fúnebre de aquellos repletos de ornato de esos años, fue acompañado durante doscientos metros por una multitud que hizo cortar el escaso tráfico por entonces existente en mi calle, una ancha avenida. ¡Igualito que ahora, que introducen al difunto en un carrito semejante a los de la compra sólo que un poco mayor y lo sacan a toda prisa para que lo observe cuanta menos gente mejor! ¡Hasta morirse debe ser vergonzoso!
No exijo que el día que me toque me rindan unas exequias dignas de un Rey, pero sí me gustaría que supieran que me he muerto. Y no sólo por el hecho de que no me escuchen cantar.
¡Hasta pronto!
