Miguel Francisco Romero
Nuevo Miembro
EL ANGELITO Relato. © Derechos reservados del texto.
Autor: Miguel F. Romero 15/05/2013 Argentina.
La avenida ancha y gris se veía solitaria a esa hora. La brisa arrancaba las grandes hojas perfumadas de los eucaliptos, que se aquietaban contra los gruesos muros del Cementerio. Llegué al parque y giré a la izquierda, en evidente infracción y atravesé la ancha calle del parque que me llevó a las puertas del viejo y enorme Cementerio. “El Cementerio del Oeste” el de los ricos, como lo denominaba la gente de edad, desde muchos años atrás. Debía esa denominación a la cantidad de hermosos Mausoleos y ricos Monumentos, erigidos por familias adineradas de un siglo atrás.
Estacioné bajo la sombra del gomero más grande y más antiguo de la ciudad, cuyas descomunales raíces ocupaban buena parte de la ancha vereda del parque. Era una verdadera reliquia de la naturaleza, y seguramente moriría de pie después de su compañero de toda la vida, el Cementerio del frente.
Atravesé el enorme portal de la entrada de madera de quebracho, reparado muchas veces, pero conservaba sus grandes y fuertes bisagras y esa riqueza y belleza rústica de los portales coloniales. Giré a la izquierda y me dispuse a recorrer el tortuoso sendero que me llevaría a la tumba de mi abuelo Francisco, modesta y alejada de los enormes Monumentos.
Casi todos los meses, desde que murió mi abuelita, el ser que más amé en este mundo, cumplía con la promesa que le hice días antes de su muerte, algunos años atrás.” Cuando ya no esté contigo, estaré con mi Francisco, no me olvides, y me gustaría que nos lleves flores frescas, las que a mí me gustan, están en mi jardín, los gladiolos blancos” me dijo mirándome con sus ojos grises, que ni el tiempo pudo con su belleza, apenas nublados con algunas lagrimas detenidas en los pliegues de sus años. Con los ojos enrojecidos por la pena le dije “si abuela”. Y se durmió en la Paz del Señor una mañana fría y lluviosa de otoño.
Y en eso estaba, cumpliendo con ella, a pesar de mi trabajo y mis compromisos. En un rincón de uno de mis negocios, guardaba un balde grande de albañil, cargado con todos los elementos para arreglar las plantas y pulir la piedra, la placa y la cruz de bronce de la modesta tumba. La hermosa cruz de bronce, que coronaba la modesta tumba, la había fabricado artesanalmente mi padre, con sus propias manos, un verdadero maestro en el trabajo con metales.
Mi viejo querido, cuyos restos descansaban por el mismo sendero, mucho más adelante, la había fabricado con devoción de hijo, ya que mi abuelo Francisco era como su segundo padre y muy buenos amigos. Era una verdadera belleza, y tenía su propia historia.
En mi visita del mes anterior, recuerdo que fue el dos de abril, día de mi cumpleaños, encontré un agujero en el lugar de la cruz. La habían robado.
Con rabia me dirigí a la Administración, hice la correspondiente denuncia y en un tono demasiado enojado, pero luego pedí las disculpas necesarias.
Comencé a buscar en los alrededores con la vana esperanza de encontrarla. Llegué a la zona de los enormes Mausoleos, y lo vi.
Era un niño pequeño de unos ocho años aproximadamente. Estaba sentado en los escalones de un grande, descuidado y hermoso Mausoleo. A ambos lados de la escalera de cuatro escalones que llevaban a la trabajada y bella reja de hierro forjado de la puerta, lucían su belleza, sentados en sus pedestales de mármol, cuatro angelitos alados del mismo material y tallados de la misma manera, sólo los diferenciaba el tamaño. Cada uno era un poco más grande que el otro. Sus brazos estaban tallados de tal forma que ambas manos sostenían sus cabecitas desde el mentón. El artista había logrado tallar, con delicadeza y presteza, una posición en sus cabecitas de mármol blanco, como si se miraran unos a otros, con una expresión de genuina tristeza en sus rostros. Parecían a punto de llorar. Me impresionó verlos y admirar el delicado y hermoso trabajo del escultor.
El niño estaba sentado allí, en la escalera y con una clara vocecita me llamó, “Señor, Señor”, haciéndome señas que me acercara. Me aproximé y me dijo, “La cruz que busca esta recién colocada en una tumba que está en el final de este sendero” dijo, señalándome otro sendero paralelo. Sorprendido, le pregunté cómo sabía lo de la cruz, y con una sonrisa en su carita me dijo “Lo escuché”. “¿Con quien estás?”. “Solo” me contestó, cosa que no le creí y le pedí que me acompañara, “Tengo que cuidar a mis hermanos” dijo, luego se levantó, se dio vuelta y entró en el Mausoleo.
Su respuesta me extrañó aún más, pero mi preocupación era recuperar la cruz de bronce, asi que me olvidé del incidente.
Rápidamente me dirigí al lugar indicado y, ciertamente, ahí estaba la cruz de bronce. Lo denuncié rápidamente con un empleado de la Administración que pasaba circunstancialmente, y una semana después, recuperé la bella cruz de bronce.
Cuando regresaba con la cruz recuperada y los funcionarios de la Administración, pasamos por el frente del Mausoleo de los angelitos y vi al niño nuevamente, sentado en los escalones de la entrada.
Estaba muy bien peinado, vestido con sus pantalones negros cortos, su impecable camisita blanca, un pequeño corbatín del mismo color y medias cortas con lustrosos zapatos negros. Me saludó con una sonrisa a la que yo correspondí mientras les decía a mis acompañantes, “éste es el niño que me avisó de la cruz”, pero ninguno ni siquiera miró, ni me contestaron.
Supuse que estarían molestos por el trato un poco duro y desconsiderado que tuve con ellos por el robo de la cruz.
Volví un mes después.
Ya había comenzado el otoño y una brisa fresca acariciaba los viejos y altos eucaliptus, perfumando agradablemente la calle principal con sus hojas de color bronce que parecían mariposas moribundas y sólo se aquietaban en el piso de la calle central del viejo y honorable Cementerio.
Curiosamente, sin saber por qué, me desvié hacia el sendero del Mausoleo de los angelitos y con gran sorpresa lo vi, nuevamente, sentado en el lugar de siempre, al pequeño niño. Lo reconocí porque a la siesta, hora que yo puedo ir, casi no hay nadie, y además estaba vestido de la misma manera. El niño no me vio y entró al Mausoleo. Retomé mi camino y llegué a la tumba de mis abuelos. Pera reforzar la cruz había hecho soldar un pequeño jarrón de bronce donde depositaba algunas flores que le solían gustar a mi difunta abuela.
Ni mi madre ni mi tío, sus hijos, nunca fueron a visitarlos, así que grande fue mi sorpresa cuando encontré tres hermosos gladiolos blancos en el jarrón de la cruz de bronce. Era la flor que más le gustaba a mi abuela, y lo más extraño era que parecían recién cortadas, y estábamos fuera del tiempo de floración.
Ése día volví a mi negocio con sensaciones extrañas en mi memoria. Algo no estaba bien, algo extraño pasaba en el Cementerio, y una sentida fuerza interior me impulsaba averiguar lo que estaba ocurriendo. Días después, le comenté el asunto a un amigo, se interesó, y a la siesta del mismo día nos fuimos al Cementerio.
Los tres gladiolos blancos, no estaban en el florero, el niño no apareció en ningún momento, y el Mausoleo seguía como siempre, todo lleno de tierra y los cuatro angelitos ennegrecidos por el excremento de las palomas. Mi amigo Ernesto se fue, despidiéndose con una sonrisa un poco sarcástica y burlona.
Ya que estaba en la puerta del Cementerio, compré unas flores frescas y regresé a colocarlas en el jarrón de la tumba de mi abuela. Cuando llegué, un horrible frío me recorrió las entrañas y toda la columna vertebral, que casi me hizo estallar la cabeza. En el jarrón estaban los tres gladiolos blancos, frescos, inmaculados, se diría que recién cortados.
Me senté en la tumba, tratando de encauzar las ideas, sentimientos, temor, curiosidad, que llenaban mis sentidos, mientras miraba y tocaba obsesionado, los tres frescos y bellos gladiolos. Concluí que el extraño niño algo tenía que ver.
Rápidamente me levanté y a paso rápido tratando de sorprender no sé a quién, llegué hasta el Mausoleo. No había nadie. Decidido, subí los cuatro escalones hasta la reja e intenté abrirla. Estaba sin llave, pero las bisagras estaban pegadas por la herrumbre, como si hiciera mucho tiempo que no se abrían, pero yo había visto al niño entrar sin esfuerzo.
A pesar del fresco del día, noté que mis manos se humedecían. No tenía ni sentía miedo, pero era consciente de lo extraño de la situación. Empujando con fuerza, logré abrir la reja y entré. El interior era sobrecogedor.
El sol atravesaba tenuemente dos hermosos vitrales del techo, que asemejaban escenas del paraíso, proyectando rayos de colores que se reflejaban difusos en el polvo que flotaba en el ambiente, y se asentaban sobre cuatro pequeños ataúdes blancos.
Al lado de cada uno, había un bello portarretratos tallado en bronce con la foto de cada uno de los niños. Cada uno tenía las fechas del deceso. En el último de la derecha, el portarretratos mostraba la fotografía del niño que yo veía en la escalera del Mausoleo y la fecha del deceso rezaba; dos de abril de mil novecientos sesenta.
El niño había fallecido exactamente el mismo día de mi cumpleaños, y lo vi por primera vez, el día que hubiera cumplido su mayoría de edad, dieciocho años.
Era tan grande la tensión que mi cuerpo sentía, que cerré apresuradamente la puerta e inmediatamente, sobrecogido, me retiré del lugar. Como un autómata comencé a caminar, llegué de vuelta a la tumba de mi abuelo y me senté. Sin saber por qué, me invadió una angustia que la sentía viva dentro de mí, y serenamente comencé a llorar.
Sentía en mi corazón una enorme pérdida, como si esos cuatro pequeños que dormían su sueño eterno, fueran mis hijos. Sentí un pequeño dolor en el pecho y un breve mareo, pero rápidamente me sobrepuse. Se hacía tarde, se terminaba la hora de la siesta. Me sequé las lágrimas y rápidamente me marché a mi negocio.
Llovía mansamente, la avenida del parque brillaba con su asfalto negro cuando unos días después, estacioné en el lugar acostumbrado. Entré y fui directo la Administración del Cementerio. Me atendió un viejo, arrugado y flaco empleado, con un raído saco a cuadros marrón, que más que un empleado administrativo, más se parecía a un habitante del lado de afuera de las oficinas, que había abandonado su féretro esa mañana.
Le pregunté sobre el Mausoleo de los angelitos y conocedor del tema, me explicó que los cuatro niños habían fallecido de hidrofobia, la rabia canina, mordido por un perro de su propia casa uno después del otro, y, consultando un libro enorme negro y viejo como el mismo Cementerio, me aclaró que el hecho había ocurrido dieciocho años atrás. Nunca nadie venía a visitarlos, solo una vieja y enjuta mujer que vestida siempre de negro, se acercaba dos veces al año y pagaba todos los impuestos.
Salí afuera y dejé que la lluvia me mojara y enfriara una fiebre que me partía la cabeza y me ardía en el alma. Y entonces, decididamente, me dispuse a esperar la fecha de mi próximo cumpleaños para visitar el Mausoleo.
Y llegó el día. A la mañana temprano cargué el balde con mis herramientas y le agregué algunas cosas más. Llevaba también un coqueto botellón lleno de agua, que hice bendecir por mi amigo el padre Dip, al que le conté la historia y me aconsejó llevarla.
Llegué al Mausoleo, con esfuerzo abrí la reja, y comencé. Sacudí la espesa capa de tierra de cada uno de los pequeños y blancos ataúdes, los limpié escrupulosamente con un trapo húmedo, pulí los bronces de los portarretratos, luego lavé el piso, dejando todo impecable.
Compré unas flores frescas y las acomodé arriba de cada cajoncito, y la verdad, no pude más.
Comencé a llorar como un niño, mientras terminaba el trabajo, para curiosidad del que pasaba y me miraba con pena. Tomé el agua bendita y froté los portarretratos y los pequeños ataúdes blancos. Noté claramente que el sol de la fresca mañana reflejaba en ellos las imágenes del Paraíso de los vitrales y los iluminaba con una fosforescencia etérea.
Junté los cacharros y me retiré, dejando un Rosario bendecido de cuentas blancas, que traje, algunos años atrás, de una pequeña y hermosa capilla de las montañas jujeñas, sobre el cajoncito que tenía el portarretratos del niño que yo había visto.
Sin poder contener todavía mis lágrimas, que a raudales se deslizaban sobre mis tupidos bigotes, me dirigí a la puerta, y me fui. Mientras caminaba hacia la salida varios comedidos me palmeaban la espalda y me dirigían bien intencionadas frases de consuelo. Cuando salí a la vereda, me calmé, y sentí, como nunca, una inmensa paz en mi corazón. Sentía como si me hubiera sacado un enorme peso de encima. Regresé tres meses después, y curioso, me desvié de mi camino para ver el Mausoleo de los angelitos.
Me sorprendí gratamente al ver todo el Mausoleo limpio y aseado como nunca, la hermosa puerta reparada y pintada, y los cuatro angelitos de mármol de la entrada, pulidos y limpios como nunca los vi. Y la alegría inundó mi alma. Me entristecí un poco ya que el Rosario que dejé ya no estaba. “Alguien se lo llevó”, pensé.
Pregunté en la Administración y el flaco de saco a cuadros me confirmó que tenían órdenes de limpiar todas las semanas, y que la vieja mujer vestida de negro que pagaba los impuestos, había dejado los elementos necesarios y el pago correspondiente por seis meses de trabajo.
Una agradable sensación de alegría, como si alguien me lo estuviera agradeciendo, iluminó mi espíritu.
Los niños ya no estarían nunca más solos, alguien los cuidaría y limpiaría en adelante.
Con mi corazón rebosante de gozo, tomé el otro sendero y me fui a la tumba de mis abuelos.
Cuando llegué, lo vi. Me arrodillé, muy emocionado, con las lagrimas que se escapaban calientes, de mis ojos, mientras miraba, con mi alma contraída, al viejo Rosario de cuentas blancas, que dejé en el Mausoleo de los niños, colgando de la Cruz de Cristo, de la tumba de mi abuelita, brillando su bronce como recién pulida, y, adornada ahora, por cuatro hermosos y frescos gladiolos blancos, recién cortados. Y así fue.
Autor: Miguel F. Romero 15/05/2013 Argentina.
La avenida ancha y gris se veía solitaria a esa hora. La brisa arrancaba las grandes hojas perfumadas de los eucaliptos, que se aquietaban contra los gruesos muros del Cementerio. Llegué al parque y giré a la izquierda, en evidente infracción y atravesé la ancha calle del parque que me llevó a las puertas del viejo y enorme Cementerio. “El Cementerio del Oeste” el de los ricos, como lo denominaba la gente de edad, desde muchos años atrás. Debía esa denominación a la cantidad de hermosos Mausoleos y ricos Monumentos, erigidos por familias adineradas de un siglo atrás.
Estacioné bajo la sombra del gomero más grande y más antiguo de la ciudad, cuyas descomunales raíces ocupaban buena parte de la ancha vereda del parque. Era una verdadera reliquia de la naturaleza, y seguramente moriría de pie después de su compañero de toda la vida, el Cementerio del frente.
Atravesé el enorme portal de la entrada de madera de quebracho, reparado muchas veces, pero conservaba sus grandes y fuertes bisagras y esa riqueza y belleza rústica de los portales coloniales. Giré a la izquierda y me dispuse a recorrer el tortuoso sendero que me llevaría a la tumba de mi abuelo Francisco, modesta y alejada de los enormes Monumentos.
Casi todos los meses, desde que murió mi abuelita, el ser que más amé en este mundo, cumplía con la promesa que le hice días antes de su muerte, algunos años atrás.” Cuando ya no esté contigo, estaré con mi Francisco, no me olvides, y me gustaría que nos lleves flores frescas, las que a mí me gustan, están en mi jardín, los gladiolos blancos” me dijo mirándome con sus ojos grises, que ni el tiempo pudo con su belleza, apenas nublados con algunas lagrimas detenidas en los pliegues de sus años. Con los ojos enrojecidos por la pena le dije “si abuela”. Y se durmió en la Paz del Señor una mañana fría y lluviosa de otoño.
Y en eso estaba, cumpliendo con ella, a pesar de mi trabajo y mis compromisos. En un rincón de uno de mis negocios, guardaba un balde grande de albañil, cargado con todos los elementos para arreglar las plantas y pulir la piedra, la placa y la cruz de bronce de la modesta tumba. La hermosa cruz de bronce, que coronaba la modesta tumba, la había fabricado artesanalmente mi padre, con sus propias manos, un verdadero maestro en el trabajo con metales.
Mi viejo querido, cuyos restos descansaban por el mismo sendero, mucho más adelante, la había fabricado con devoción de hijo, ya que mi abuelo Francisco era como su segundo padre y muy buenos amigos. Era una verdadera belleza, y tenía su propia historia.
En mi visita del mes anterior, recuerdo que fue el dos de abril, día de mi cumpleaños, encontré un agujero en el lugar de la cruz. La habían robado.
Con rabia me dirigí a la Administración, hice la correspondiente denuncia y en un tono demasiado enojado, pero luego pedí las disculpas necesarias.
Comencé a buscar en los alrededores con la vana esperanza de encontrarla. Llegué a la zona de los enormes Mausoleos, y lo vi.
Era un niño pequeño de unos ocho años aproximadamente. Estaba sentado en los escalones de un grande, descuidado y hermoso Mausoleo. A ambos lados de la escalera de cuatro escalones que llevaban a la trabajada y bella reja de hierro forjado de la puerta, lucían su belleza, sentados en sus pedestales de mármol, cuatro angelitos alados del mismo material y tallados de la misma manera, sólo los diferenciaba el tamaño. Cada uno era un poco más grande que el otro. Sus brazos estaban tallados de tal forma que ambas manos sostenían sus cabecitas desde el mentón. El artista había logrado tallar, con delicadeza y presteza, una posición en sus cabecitas de mármol blanco, como si se miraran unos a otros, con una expresión de genuina tristeza en sus rostros. Parecían a punto de llorar. Me impresionó verlos y admirar el delicado y hermoso trabajo del escultor.
El niño estaba sentado allí, en la escalera y con una clara vocecita me llamó, “Señor, Señor”, haciéndome señas que me acercara. Me aproximé y me dijo, “La cruz que busca esta recién colocada en una tumba que está en el final de este sendero” dijo, señalándome otro sendero paralelo. Sorprendido, le pregunté cómo sabía lo de la cruz, y con una sonrisa en su carita me dijo “Lo escuché”. “¿Con quien estás?”. “Solo” me contestó, cosa que no le creí y le pedí que me acompañara, “Tengo que cuidar a mis hermanos” dijo, luego se levantó, se dio vuelta y entró en el Mausoleo.
Su respuesta me extrañó aún más, pero mi preocupación era recuperar la cruz de bronce, asi que me olvidé del incidente.
Rápidamente me dirigí al lugar indicado y, ciertamente, ahí estaba la cruz de bronce. Lo denuncié rápidamente con un empleado de la Administración que pasaba circunstancialmente, y una semana después, recuperé la bella cruz de bronce.
Cuando regresaba con la cruz recuperada y los funcionarios de la Administración, pasamos por el frente del Mausoleo de los angelitos y vi al niño nuevamente, sentado en los escalones de la entrada.
Estaba muy bien peinado, vestido con sus pantalones negros cortos, su impecable camisita blanca, un pequeño corbatín del mismo color y medias cortas con lustrosos zapatos negros. Me saludó con una sonrisa a la que yo correspondí mientras les decía a mis acompañantes, “éste es el niño que me avisó de la cruz”, pero ninguno ni siquiera miró, ni me contestaron.
Supuse que estarían molestos por el trato un poco duro y desconsiderado que tuve con ellos por el robo de la cruz.
Volví un mes después.
Ya había comenzado el otoño y una brisa fresca acariciaba los viejos y altos eucaliptus, perfumando agradablemente la calle principal con sus hojas de color bronce que parecían mariposas moribundas y sólo se aquietaban en el piso de la calle central del viejo y honorable Cementerio.
Curiosamente, sin saber por qué, me desvié hacia el sendero del Mausoleo de los angelitos y con gran sorpresa lo vi, nuevamente, sentado en el lugar de siempre, al pequeño niño. Lo reconocí porque a la siesta, hora que yo puedo ir, casi no hay nadie, y además estaba vestido de la misma manera. El niño no me vio y entró al Mausoleo. Retomé mi camino y llegué a la tumba de mis abuelos. Pera reforzar la cruz había hecho soldar un pequeño jarrón de bronce donde depositaba algunas flores que le solían gustar a mi difunta abuela.
Ni mi madre ni mi tío, sus hijos, nunca fueron a visitarlos, así que grande fue mi sorpresa cuando encontré tres hermosos gladiolos blancos en el jarrón de la cruz de bronce. Era la flor que más le gustaba a mi abuela, y lo más extraño era que parecían recién cortadas, y estábamos fuera del tiempo de floración.
Ése día volví a mi negocio con sensaciones extrañas en mi memoria. Algo no estaba bien, algo extraño pasaba en el Cementerio, y una sentida fuerza interior me impulsaba averiguar lo que estaba ocurriendo. Días después, le comenté el asunto a un amigo, se interesó, y a la siesta del mismo día nos fuimos al Cementerio.
Los tres gladiolos blancos, no estaban en el florero, el niño no apareció en ningún momento, y el Mausoleo seguía como siempre, todo lleno de tierra y los cuatro angelitos ennegrecidos por el excremento de las palomas. Mi amigo Ernesto se fue, despidiéndose con una sonrisa un poco sarcástica y burlona.
Ya que estaba en la puerta del Cementerio, compré unas flores frescas y regresé a colocarlas en el jarrón de la tumba de mi abuela. Cuando llegué, un horrible frío me recorrió las entrañas y toda la columna vertebral, que casi me hizo estallar la cabeza. En el jarrón estaban los tres gladiolos blancos, frescos, inmaculados, se diría que recién cortados.
Me senté en la tumba, tratando de encauzar las ideas, sentimientos, temor, curiosidad, que llenaban mis sentidos, mientras miraba y tocaba obsesionado, los tres frescos y bellos gladiolos. Concluí que el extraño niño algo tenía que ver.
Rápidamente me levanté y a paso rápido tratando de sorprender no sé a quién, llegué hasta el Mausoleo. No había nadie. Decidido, subí los cuatro escalones hasta la reja e intenté abrirla. Estaba sin llave, pero las bisagras estaban pegadas por la herrumbre, como si hiciera mucho tiempo que no se abrían, pero yo había visto al niño entrar sin esfuerzo.
A pesar del fresco del día, noté que mis manos se humedecían. No tenía ni sentía miedo, pero era consciente de lo extraño de la situación. Empujando con fuerza, logré abrir la reja y entré. El interior era sobrecogedor.
El sol atravesaba tenuemente dos hermosos vitrales del techo, que asemejaban escenas del paraíso, proyectando rayos de colores que se reflejaban difusos en el polvo que flotaba en el ambiente, y se asentaban sobre cuatro pequeños ataúdes blancos.
Al lado de cada uno, había un bello portarretratos tallado en bronce con la foto de cada uno de los niños. Cada uno tenía las fechas del deceso. En el último de la derecha, el portarretratos mostraba la fotografía del niño que yo veía en la escalera del Mausoleo y la fecha del deceso rezaba; dos de abril de mil novecientos sesenta.
El niño había fallecido exactamente el mismo día de mi cumpleaños, y lo vi por primera vez, el día que hubiera cumplido su mayoría de edad, dieciocho años.
Era tan grande la tensión que mi cuerpo sentía, que cerré apresuradamente la puerta e inmediatamente, sobrecogido, me retiré del lugar. Como un autómata comencé a caminar, llegué de vuelta a la tumba de mi abuelo y me senté. Sin saber por qué, me invadió una angustia que la sentía viva dentro de mí, y serenamente comencé a llorar.
Sentía en mi corazón una enorme pérdida, como si esos cuatro pequeños que dormían su sueño eterno, fueran mis hijos. Sentí un pequeño dolor en el pecho y un breve mareo, pero rápidamente me sobrepuse. Se hacía tarde, se terminaba la hora de la siesta. Me sequé las lágrimas y rápidamente me marché a mi negocio.
Llovía mansamente, la avenida del parque brillaba con su asfalto negro cuando unos días después, estacioné en el lugar acostumbrado. Entré y fui directo la Administración del Cementerio. Me atendió un viejo, arrugado y flaco empleado, con un raído saco a cuadros marrón, que más que un empleado administrativo, más se parecía a un habitante del lado de afuera de las oficinas, que había abandonado su féretro esa mañana.
Le pregunté sobre el Mausoleo de los angelitos y conocedor del tema, me explicó que los cuatro niños habían fallecido de hidrofobia, la rabia canina, mordido por un perro de su propia casa uno después del otro, y, consultando un libro enorme negro y viejo como el mismo Cementerio, me aclaró que el hecho había ocurrido dieciocho años atrás. Nunca nadie venía a visitarlos, solo una vieja y enjuta mujer que vestida siempre de negro, se acercaba dos veces al año y pagaba todos los impuestos.
Salí afuera y dejé que la lluvia me mojara y enfriara una fiebre que me partía la cabeza y me ardía en el alma. Y entonces, decididamente, me dispuse a esperar la fecha de mi próximo cumpleaños para visitar el Mausoleo.
Y llegó el día. A la mañana temprano cargué el balde con mis herramientas y le agregué algunas cosas más. Llevaba también un coqueto botellón lleno de agua, que hice bendecir por mi amigo el padre Dip, al que le conté la historia y me aconsejó llevarla.
Llegué al Mausoleo, con esfuerzo abrí la reja, y comencé. Sacudí la espesa capa de tierra de cada uno de los pequeños y blancos ataúdes, los limpié escrupulosamente con un trapo húmedo, pulí los bronces de los portarretratos, luego lavé el piso, dejando todo impecable.
Compré unas flores frescas y las acomodé arriba de cada cajoncito, y la verdad, no pude más.
Comencé a llorar como un niño, mientras terminaba el trabajo, para curiosidad del que pasaba y me miraba con pena. Tomé el agua bendita y froté los portarretratos y los pequeños ataúdes blancos. Noté claramente que el sol de la fresca mañana reflejaba en ellos las imágenes del Paraíso de los vitrales y los iluminaba con una fosforescencia etérea.
Junté los cacharros y me retiré, dejando un Rosario bendecido de cuentas blancas, que traje, algunos años atrás, de una pequeña y hermosa capilla de las montañas jujeñas, sobre el cajoncito que tenía el portarretratos del niño que yo había visto.
Sin poder contener todavía mis lágrimas, que a raudales se deslizaban sobre mis tupidos bigotes, me dirigí a la puerta, y me fui. Mientras caminaba hacia la salida varios comedidos me palmeaban la espalda y me dirigían bien intencionadas frases de consuelo. Cuando salí a la vereda, me calmé, y sentí, como nunca, una inmensa paz en mi corazón. Sentía como si me hubiera sacado un enorme peso de encima. Regresé tres meses después, y curioso, me desvié de mi camino para ver el Mausoleo de los angelitos.
Me sorprendí gratamente al ver todo el Mausoleo limpio y aseado como nunca, la hermosa puerta reparada y pintada, y los cuatro angelitos de mármol de la entrada, pulidos y limpios como nunca los vi. Y la alegría inundó mi alma. Me entristecí un poco ya que el Rosario que dejé ya no estaba. “Alguien se lo llevó”, pensé.
Pregunté en la Administración y el flaco de saco a cuadros me confirmó que tenían órdenes de limpiar todas las semanas, y que la vieja mujer vestida de negro que pagaba los impuestos, había dejado los elementos necesarios y el pago correspondiente por seis meses de trabajo.
Una agradable sensación de alegría, como si alguien me lo estuviera agradeciendo, iluminó mi espíritu.
Los niños ya no estarían nunca más solos, alguien los cuidaría y limpiaría en adelante.
Con mi corazón rebosante de gozo, tomé el otro sendero y me fui a la tumba de mis abuelos.
Cuando llegué, lo vi. Me arrodillé, muy emocionado, con las lagrimas que se escapaban calientes, de mis ojos, mientras miraba, con mi alma contraída, al viejo Rosario de cuentas blancas, que dejé en el Mausoleo de los niños, colgando de la Cruz de Cristo, de la tumba de mi abuelita, brillando su bronce como recién pulida, y, adornada ahora, por cuatro hermosos y frescos gladiolos blancos, recién cortados. Y así fue.
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