Fabian Pou de la Puente
Miembro Activo
El Cártel de las sombras (Adelanto4, Las Mentiras de Abril, mi novela, )
Siendo yo no más que un escolta que cerró las puertas de su casa por un mes entero, no contaba con un gran número de compañeros a los que confiar mi protección. Tres de ellos estaban muertos; me quedaban Garrido, Ulises y Lambert.
A los dos primeros los había dejado a cargo de mi prisionero, al otro lo tenía intentando deshilachar los secretos de mi patrón.
Por esa razón, Raymundo decidió pasar a recogerme en dos poderosos carros de blindado cuatro para que sus diez hombres nos escoltaran hacia los viñedos de Adinolfi.
Arribamos a la lujosa hacienda de noventa acres. Lentamente nos fuimos haciendo paso por los caminos rodeados de viñas.
Esperaba que el aroma de las uvas me invadiera con deleite. Sin embargo, el olor que predominaba era el de una extraña mezcla de hierbas, hierro ardiente y otros tantos que iban más allá del entendimiento.
Mientras tales hedores emanaban, pude presenciar algo que me alteró inimaginablemente…
Juraría que vi pasar las sombras de siete bestias monstruosas que se desvanecieron en la noche.
Afortunadamente, arribamos rápido a la mesada preparada para el evento.
La misma estaba rodeada por pilares con faros.
—Contemplad al sicario Michels hecho todo un señor —me recibió con desdén Adrián Pacheco, alias “El contador”—. No sólo usas buenos coches, sino que ahora están a tu cargo para hacer las diligencias que desees… como si fueras un capo.
>>No te enojes por mis consejos, mas deberías ubicarte en el lugar que te corresponde: el de un simple sicario.
Pacheco era uno de los prebostes más importantes del cártel, también el más ambicioso y conspirador del grupo.
Monótono como pocos, siempre lucía el mismo modelo de traje italiano, poseía una buena mano izquierda, era hábil en sus condescendencias con los capos y un experto en estratagemas manipuladoras.
Era una víbora, y para mi mal, esa víbora siempre había estado deseando envenenarme por razones que yo ignoraba.
“El duelo acaba de empezar. Me dirás quien es el predilecto.”
Un flash en mi mente me devolvió esa frase, un flash en mi mente me enseñó en el rostro de Pacheco a una grotesca Hiena hambrienta por la carne de los otros.
Él me odia mucho más de lo que se puede llegar a odiar en este terreno tan fértil para el odio.
Después del contador, me recibieron los tres hermanos Sepúlveda: Eleuterio, Vanina y Ramón.
Eleuterio era el mayor y el más diplomático. Con el apodo de “el político” tenía inculcado defender a su familia inclusive si ésta fuese de la peor calaña.Vanina era conocida como “La lavadora” porque siempre dejaba todo limpio.
“El procesador” Ramón era el más joven, rebelde y pendenciero de los hermanos.
Los Sepúlveda, con su estatus de hacendados ricos, fueron socios claves para que el Señor Khan le diera al cartel de Santiago el dominio del Valle del Maipo, encubriendo sus negocios ilícitos bajo una imagen empresarial de productores vinícolas.
¡Partida de hipócritas! Se comen los unos a los otros y creen ser buenos por defender los valores familiares… La familia es la primera de las instituciones corruptas de este sistema que nos pudre a todos.
Pronto llegó el gran capo Morrison Iturriaga, destacado por una inteligencia excepcional que, en cierta época, lo convirtió en el hombre más codiciado por todos los cárteles de América Latina. Líder y estratega, era el tipo de hombre que con dos o tres hiladas confeccionaba una telaraña mortal para envolver personas, organizaciones y países enteros cual si fueran pequeñas moscas desahuciadas.
Mi relación con él siempre distó de ser buena. Morrison siempre ambicionaba ser el número uno, y sus notables capacidades intelectuales me generaban tanto respeto como recelo.
La inteligencia puede perder a los hombres cuando no es acompañada por las virtudes de un buen corazón.
Finalmente el anfitrión arribó a su propia hacienda en una lujosa limusina Infiniti QX56, usada por los presidentes de las naciones más poderosas del mundo.
Evidentemente pretendía imponerse mediante la supremacía económica.
Su esfuerzo quedó opacado ante la inesperada llegada del último capo, la persona que parecía destinada a ser la verdadera reina de la noche: La viuda de Khan.
Madeleine llegó en un avión privado que aterrizó en plena pista de la hacienda, dejándonos patidifusos… además de desgreñados.
Y esa, al parecer, no era la única locura que pensaba perpetrar: Ni bien bajó la escalerilla, supimos que estaba arropada con un atrevido y traslúcido vestido rojo que hizo arder nuestras miradas. Todos desearon que también fuera traslucido su sostén… era el camino a dos de sus más tentadores tesoros.
Luego de quedar atontado ante las excentricidades y belleza de la viuda, el Señor Adinolfi se dignó a invitarnos a la mesada en uno de sus jardines para huéspedes.
El discurso empezó con un largo preámbulo acerca de la situación actual de cártel y de falsas lamentaciones acerca de la pérdida del antiguo Capo máximo. Todos acompañaban con lágrimas de cocodrilo.
Farsantes… Ninguno de ustedes hizo nada por vengar la muerte de jefe: cerraron el caso deinmediato, para que la DEA no los investigara, para beneficiar a sus ambiciones. Son vampiros… vampiros de traje y corbata.
Adinolfi prosiguió, hasta que llegó a la parte que más me interesaba:
—Como todos sabemos —expuso con seriedad—, el comandante de escoltas de nuestro Cártel, y quien fuera del mismo Khan su mano derecha, ha cometido en los días previos a este viernes trece de abril, muchas imprudencias: Erin Michels ha pasado un mes de vacaciones cuando nuestra empresa más lo necesitaba. Y, después de negarse a todos nuestros pedidos de integración, vuelve a la actividad sin nuestro consentimiento, con un equipo bien armado para efectuar varias diligencias cuyo objetivo continúa sin explicarnos. ¿Puede hacerlo ahora, señor Michels? ¿O usted, señor Sánchez, que ha sido su cómplice? ¿Tendrán la amabilidad de explicarnos que hacían con semejante infantería, como si fueran a la guerra?
—Sí, “señor Michels” —se sumaba el siempre desagradable loro Pacheco—. ¿Tendrá la amabilidad de explicarnos eso?
—Yo se los explicaré —interrumpió la bella Madeleine y se vació en el acto un vaso de pisco—. Si tanto saben de las salidas de Erin, estarán enterados que visitó mi mansión. Y no creo que ni siquiera un escolta deba pedir audiencia a cada uno de los jefes del cártel para efectuar un encuentro social, eso es muy anticuado y nada práctico. En segundo lugar, no veo nada de malo en que Erin se tome la precaución de circular protegido: Recuerden que hace poco tiempo murió mi marido, no sería de extrañarse que los asesinos pretendieran seguir con Erin.
>>Y ya que lo han estado vigilando, deben saber que Erin fue atacado por un grupo de cóndores negros que portaban lanzagranadas y usaban Hummer. Quien planeó ese atentado es tan adinerado y poderoso como un narcotraficante... ¿Alguno de ustedes tiene idea de quién pudo haber sido?
Diste en la herida, Madeleine. Alguno de ellos empezará a sangrar.
Varias miradas perturbadas se cruzaron en el reino del silencio que creó esa pregunta. Fueron miradas tan rápidas que no alcancé a distinguir por quiénes habían sido intercambiadas.
Lo seguro era que algo podrido se estaba empezando a gestar, si no se había gestado desde antes.
El hábil discurso de la viuda dejó estupefactos a todos, principalmente a los dos grandes capos: Adinolfi y Morrison Iturriaga.
No solamente estaban asombrados por la manera en que ella me había defendido. Lo que más les preocupaba era que Madeleine ya no se comportaba como una esposa que no cortaba ni pinchaba en el negocio de su marido, estaba empezando a exhibir toda su valía con una aguda perspicacia y un tono muy facundo.
Todos quedaron callados. Todos menos uno: el inescrupuloso Pacheco.
—Veo que además de ser visitada por “Erin”, y mantener una amistad muy “íntima” con él, lo defiende con pasión.
—Señor Pacheco, desestimaré sus insinuaciones y su falta de respeto por considerar que las prestigiosas universidades a las que usted ha concurrido no forjan milagros… Y es innegable que defenderé a Erin con pasión: Recuerden que él fue la mano derecha de mi marido durante muchos años. No es noticia que Samuel prefería a Erin antes que a todos ustedes.
Los ojos de Pacheco se irritaron tanto como él. A pesar de autocalificarse de gran ajedrecista, se sentía humillado ante el ingenio de Madeleine.
—Señora de Khan, ¿qué hace aquí? —increpó acarreado por su impotencia—. Nunca estuvo en nuestro grupo. ¿No debería estar como todas las mujeres? ¿En una reunión de té o jugando…?
—¿Reunión de té? ¡Por favor, señor Pacheco! Conocería mejor los gustos de las mujeres si alguna vez se hubiera acostado con una.
Las carcajadas de todos resonaron tras esa ágil respuesta que coloreó de granate las mejillas del abochornado bufón Pacheco, quien durante un par de escandalosos minutos tuvo que soportar todo tipo de burlas de sus propios amigos.
El arquitecto Iturriaga, al ver el talante con el que se estaba imponiendo la esposa del anterior Capo Máximo, resolviose a no subestimarla y mantenerla cercana.
—Encuentro muy juiciosa la opinión de la señora de Khan, y, siendo yo uno de los tres capos mayores, concuerdo con ella en que Erin se ve obligado a tomar serias precauciones.
—Yo también hallo juiciosa la opinión de la señora de Khan —se apresuró a acotar Adinolfi que no quería perder pisada ante los dos capos que empezaban a dejarlo opacado en su propia reunión—. Sin embargo, me gustaría que Erin se defendiera solo. Y después del elocuente discurso de la Señora de Khan, afirmo que este no es un asunto que deba pasar a mayores. Se remediará fácilmente si Michels retorna a su puesto de comandante de escolta. En mi equipo tengo una vacante para…
—¿Cómo? —Madeleine se mandó otro vaso de pisco—. Eso es inadmisible. Erin era la mano derecha de mi marido, si debe integrarse a un equipo… es al mío.
—Señora de Khan, yo no pretendo disputarle a Michels —se defendía Adinolfi—. Mas usted también ha brillado por su ausencia en los asuntos de trascendencia, y al igual que Michel tampoco definió su posición dentro de nuestra empresa.
—¡Pues la defino ahora! —clamó con bravura—. Soy la viuda de quien fuera el Capo Máximo de este cártel: Si alguien tiene que ocupar el lugar de mi marido… esa soy yo.
—¿Cómo se atreve a…?
Las luces de los faros que iluminaban la mesada comenzaron a parpadear, creando luces y sombras que volvían intermitentes a las figuras de los jefes (o a la inversa). Las sombras cobraban mayor tamaño, y lo que alcancé a distinguir era inverosímil: Un León gigante con cola de tiburón blanco peleaba contra un Dragón de varias cabezas que arrojaba fuego.
—Señores: les ruego tranquilidad —intercedió Raymundo en la discusión—. Nosotros somos una organización, así que encuentro absurdo que dos de nuestros superiores se estén enemistando por disputarse los servicios de Erin. Y considerando que Erin tiene una larga trayectoria, y que ha sido uno de los principales causantes de la ascensión de este cártel con su buen desempeño, lo considero merecedor de retornar al cártel… pero como un preboste.
—No pueden escuchar a éste —se inmiscuyó Ramón Sepúlveda con un habano en la boca—: Es el mejor amigo de Michels y fue sicario igual que él... Es ridículo darles tanta autoridad a estos matones de cuarta.
—A mí no me resulta nada ridícula la idea de que Erin se convierta en uno de los jefes del cártel —defendió Madeleine—. Ha demostrado ser capaz e inteligente para todo tipo de tareas, superando a muchos de lo que hoy están en esta mesa como “prebostes” —acotó mirándolo de reojo.
—Lo ridículo es que una mujer como usted venga aquí a dar órdenes como si estuviese a la altura de nuestro antiguo y verdadero patrón. ¡Vaya a mirar revistas de cosméticos!
—¡Ramón: Me ofendes con tu comentario machista! —le llamó la atención su hermana Vanina—. Recuerda que también soy mujer.
Eleuterio intentó interceder entre sus hermanos, pero lo único que consiguió fue que el bullicio se convirtiera en escándalo.
El caos volvió a encender las llamas del aquelarre. No sabría definir si fue producto de mi aislamiento, mas mi cabeza sufría como si dentro de ella se produjera un terremoto. Comencé a descompensarme, las luces nuevamente pestañaron.
Esta vez vi a tres jabalíes con grandes colmillos que estaban devorándose entre ellos.
—Basta. No es necesario éste alboroto.
Morrison Iturriaga demostró con ese grito la autoridad de la que carecía el anfitrión para controlar a sus invitados. Todos se sentaron sumisos.
Las luces se estabilizaron.
Menos mal. Estaba a punto de enloquecer.
—Si no queda otra opción, votaremos para determinar el rol de Erin.
La forma de votación era simple y estaba abalada por las reglas internas del cártel –explicó Iturriaga–: Se le ofrecería a cada jefe pañoletas azules y rojas: Quien levantara la azul estaría votando por mi reincorporación a la escolta del Cártel. Quien alzaba la pañoleta roja, me favorecía para que ingresara como preboste.
—No tengo nada personal en contra de Michels —Ramón alzó su pañoleta azul—, pero no voy a darle el gusto a esa mujer que lo ampara.
—¡Pues a mi me molesta el machismo de mi hermano! —se desahogó Vanina y exhibió una de color rojo.
—¡Vanina! —le llamó la atención su hermano Eleuterio—. Somos familia, nunca tomamos decisiones dispares.
—Ah, por favor —se quejaba Madeleine al tiempo que sus dedos jugaban sutilmente con su escote—. Vanina ya está lo suficiente grandecita para votar sin la ayuda de su hermano. Y una vez efectuado el voto es irrevocable.
—Respeto eso —asintió Eleuterio sin dejar de mirar el dedo de Madeleine (o lo que tocaba)—. Pero le daré toquilla azul.
—Yo apruebo el ascenso de Erin —dijo Raymundo.
—Yo lo rechazo —contrarió Pacheco.
El sufragio no daba buenos presagios para mí: Perdía por tres contra dos, restando todavía los votos de Adinolfi e Iturriaga. Ellos seguramente votarían en mi contra, y gozaban del beneficio de usar tres toquillas debido a su condición de capos. Así lo establecían las normas.
La situación está mal.
—Lo siento Michels, pero aseguro que lo necesitamos más como comandante de escolta —sentenció Adinolfi con tres toquillas azules.
—Matemáticamente hemos ganado —contaba Pacheco—. Vamos seis azules contra dos rojos. No hay forma de que nos superen.
—Esperen —interrumpió Madeleine—. Si seguimos el razonamiento del señor Iturriaga que dice que estoy en representación de mi marido, mi voto debería valer tres puntos como el de un capo. ¿No es así, señor Iturriaga?
—En efecto —afirmó él, ofuscando a los demás.
—¡Pues le doy el sí! —se irguió de pechos Madeleine—. Erin tiene lo necesario para ser uno de los jefes.
—Bueno su embeleco —ironizaba Pacheco acomodando su traje—. Ni aun así les va a alcanzar, Michels pierde cinco a seis, y sólo le resta votar a Iturriaga que, como el gran señor que es, sufragará con sensatez.
—Le agradezco las adulaciones —le devolvió Iturriaga con sarcasmo—, y en tal caso mi sensatez concuerda con la señora de Khan cuando señala a Michels como un hombre apto para responsabilidades más importantes que los que solía tener.
El capo me expuso una sonrisa de cortesía alzando tres pañoletas rojas. El tiempo se detuvo en la sorpresa más inesperada que me tocaba recibir.
El escándalo se tornó incontrolable. Sentí que el mundo giraba con la rapidez de una ruleta. El entorno volvía a transformarse y las sombras de las bestias se comían sus cabezas: Las hienas, los jabalíes, el dragón, el león… Hasta que se alzó por sobre todas ellas un Zorro de trece colas.
El espantoso mundo se detuvo con la concesión otorgada por una voz serena…
—Bienvenido Michels, a partir de este momento pasa usted a ser el noveno jefe de este cártel… como preboste, pero jefe al fin.
No podía creer lo que estaba ocurriendo. Morrison siempre había sido mi Némesis… y ahora definía la votación a mi favor. Resultaba desconcertante.
Luego de pensarlo bien, y recordar el brillante que estratega que él era, derivé en la conclusión de que acababa de ejecutar un movimiento clave en su partida de ajedrez: Si yo era declinado como preboste, pasaría a organizar la escolta de su rival Adinolfi. Eso no le convenía.
Por otra parte, siendo yo un preboste novato sin poder real, sería más vulnerable solo que en la escolta de su desdeñado adversario.
De esa forma mataba dos pájaros de un tiro… o tres si es que estaba pretendiendo acercarse a la viuda de Khan, como yo conjeturaba.
Definitivamente, Morrison Iturriaga era la mente más brillante del cártel. Tan así que yo nunca pude saber a ciencia cierta si conseguí dilucidar todos los planes que él ejecutó en un movimiento preciso, rápido y certero.
En cambió él, sí era capaz de prever todas nuestras posibles jugadas.
Después de varias protestas y discusiones, se logró entablar la calma y decretar el fin de la reunión.
Pacheco me ofreció su mano. Cuando la estreché, aprovechó para hablarme al oído.
—Siempre aparece algún padrino a socorrerte. Mejor disfruta de tu ráfaga de regodeo: De ahora en más no me voy a cansar de arruinarte la vida.
Los hermanos Sepúlveda también me saludaron: Vanina, con amabilidad; Eleuterio, con diplomacia; Ramón, con desprecio.
No sabría decir cuál de las tres muestras me resultaba peor…
Lejos estaba de alegrarme por mi ascenso: sólo quería salirme del oscuro mundo del narcotráfico, y cada vez me adentraba más en él.
Odiaba relacionarme con todos esos mefíticos conspiradores sin saber quiénes eran mis colaboradores.
Mis amigos podían ser mis enemigos, peor era especular que mis enemigos podían ser aliados.
¿Cómo saberlo? Ninguno de ellos obraba jamás con total transparencia.
Talvez me lo estoy tomando demasiado en serio, talvez no he nacido para esto. ¿Para qué entonces?
No importaba, necesitaba averiguar quien me atacaba, necesitaba comprobar que también era el autor intelectual de la muerte de mi patrón, necesitaba vengarme de él…
Por eso es que estoy aquí. ¿O no? Por defender mi voto de lealtad hacia el jefe más allá de la muerte.
Y empezaba a sentirme cerca de mi cometido: Las estrambóticas actitudes de cada uno de los miembros del cártel en esa reunión le dieron solidez a mi intuición de que el enemigo no estaba fuera, sino dentro de mi propia organización.
Debía de estar más atento que nunca: Una nube espesa cubría todos mis cielos, y lo único cierto era que el enemigo podía ser cualquiera… inclusive mi propia sombra.
A los dos primeros los había dejado a cargo de mi prisionero, al otro lo tenía intentando deshilachar los secretos de mi patrón.
Por esa razón, Raymundo decidió pasar a recogerme en dos poderosos carros de blindado cuatro para que sus diez hombres nos escoltaran hacia los viñedos de Adinolfi.
Arribamos a la lujosa hacienda de noventa acres. Lentamente nos fuimos haciendo paso por los caminos rodeados de viñas.
Esperaba que el aroma de las uvas me invadiera con deleite. Sin embargo, el olor que predominaba era el de una extraña mezcla de hierbas, hierro ardiente y otros tantos que iban más allá del entendimiento.
Mientras tales hedores emanaban, pude presenciar algo que me alteró inimaginablemente…
Juraría que vi pasar las sombras de siete bestias monstruosas que se desvanecieron en la noche.
Afortunadamente, arribamos rápido a la mesada preparada para el evento.
La misma estaba rodeada por pilares con faros.
—Contemplad al sicario Michels hecho todo un señor —me recibió con desdén Adrián Pacheco, alias “El contador”—. No sólo usas buenos coches, sino que ahora están a tu cargo para hacer las diligencias que desees… como si fueras un capo.
>>No te enojes por mis consejos, mas deberías ubicarte en el lugar que te corresponde: el de un simple sicario.
Pacheco era uno de los prebostes más importantes del cártel, también el más ambicioso y conspirador del grupo.
Monótono como pocos, siempre lucía el mismo modelo de traje italiano, poseía una buena mano izquierda, era hábil en sus condescendencias con los capos y un experto en estratagemas manipuladoras.
Era una víbora, y para mi mal, esa víbora siempre había estado deseando envenenarme por razones que yo ignoraba.
“El duelo acaba de empezar. Me dirás quien es el predilecto.”
Un flash en mi mente me devolvió esa frase, un flash en mi mente me enseñó en el rostro de Pacheco a una grotesca Hiena hambrienta por la carne de los otros.
Él me odia mucho más de lo que se puede llegar a odiar en este terreno tan fértil para el odio.
Después del contador, me recibieron los tres hermanos Sepúlveda: Eleuterio, Vanina y Ramón.
Eleuterio era el mayor y el más diplomático. Con el apodo de “el político” tenía inculcado defender a su familia inclusive si ésta fuese de la peor calaña.Vanina era conocida como “La lavadora” porque siempre dejaba todo limpio.
“El procesador” Ramón era el más joven, rebelde y pendenciero de los hermanos.
Los Sepúlveda, con su estatus de hacendados ricos, fueron socios claves para que el Señor Khan le diera al cartel de Santiago el dominio del Valle del Maipo, encubriendo sus negocios ilícitos bajo una imagen empresarial de productores vinícolas.
¡Partida de hipócritas! Se comen los unos a los otros y creen ser buenos por defender los valores familiares… La familia es la primera de las instituciones corruptas de este sistema que nos pudre a todos.
Pronto llegó el gran capo Morrison Iturriaga, destacado por una inteligencia excepcional que, en cierta época, lo convirtió en el hombre más codiciado por todos los cárteles de América Latina. Líder y estratega, era el tipo de hombre que con dos o tres hiladas confeccionaba una telaraña mortal para envolver personas, organizaciones y países enteros cual si fueran pequeñas moscas desahuciadas.
Mi relación con él siempre distó de ser buena. Morrison siempre ambicionaba ser el número uno, y sus notables capacidades intelectuales me generaban tanto respeto como recelo.
La inteligencia puede perder a los hombres cuando no es acompañada por las virtudes de un buen corazón.
Finalmente el anfitrión arribó a su propia hacienda en una lujosa limusina Infiniti QX56, usada por los presidentes de las naciones más poderosas del mundo.
Evidentemente pretendía imponerse mediante la supremacía económica.
Su esfuerzo quedó opacado ante la inesperada llegada del último capo, la persona que parecía destinada a ser la verdadera reina de la noche: La viuda de Khan.
Madeleine llegó en un avión privado que aterrizó en plena pista de la hacienda, dejándonos patidifusos… además de desgreñados.
Y esa, al parecer, no era la única locura que pensaba perpetrar: Ni bien bajó la escalerilla, supimos que estaba arropada con un atrevido y traslúcido vestido rojo que hizo arder nuestras miradas. Todos desearon que también fuera traslucido su sostén… era el camino a dos de sus más tentadores tesoros.
Luego de quedar atontado ante las excentricidades y belleza de la viuda, el Señor Adinolfi se dignó a invitarnos a la mesada en uno de sus jardines para huéspedes.
El discurso empezó con un largo preámbulo acerca de la situación actual de cártel y de falsas lamentaciones acerca de la pérdida del antiguo Capo máximo. Todos acompañaban con lágrimas de cocodrilo.
Farsantes… Ninguno de ustedes hizo nada por vengar la muerte de jefe: cerraron el caso deinmediato, para que la DEA no los investigara, para beneficiar a sus ambiciones. Son vampiros… vampiros de traje y corbata.
Adinolfi prosiguió, hasta que llegó a la parte que más me interesaba:
—Como todos sabemos —expuso con seriedad—, el comandante de escoltas de nuestro Cártel, y quien fuera del mismo Khan su mano derecha, ha cometido en los días previos a este viernes trece de abril, muchas imprudencias: Erin Michels ha pasado un mes de vacaciones cuando nuestra empresa más lo necesitaba. Y, después de negarse a todos nuestros pedidos de integración, vuelve a la actividad sin nuestro consentimiento, con un equipo bien armado para efectuar varias diligencias cuyo objetivo continúa sin explicarnos. ¿Puede hacerlo ahora, señor Michels? ¿O usted, señor Sánchez, que ha sido su cómplice? ¿Tendrán la amabilidad de explicarnos que hacían con semejante infantería, como si fueran a la guerra?
—Sí, “señor Michels” —se sumaba el siempre desagradable loro Pacheco—. ¿Tendrá la amabilidad de explicarnos eso?
—Yo se los explicaré —interrumpió la bella Madeleine y se vació en el acto un vaso de pisco—. Si tanto saben de las salidas de Erin, estarán enterados que visitó mi mansión. Y no creo que ni siquiera un escolta deba pedir audiencia a cada uno de los jefes del cártel para efectuar un encuentro social, eso es muy anticuado y nada práctico. En segundo lugar, no veo nada de malo en que Erin se tome la precaución de circular protegido: Recuerden que hace poco tiempo murió mi marido, no sería de extrañarse que los asesinos pretendieran seguir con Erin.
>>Y ya que lo han estado vigilando, deben saber que Erin fue atacado por un grupo de cóndores negros que portaban lanzagranadas y usaban Hummer. Quien planeó ese atentado es tan adinerado y poderoso como un narcotraficante... ¿Alguno de ustedes tiene idea de quién pudo haber sido?
Diste en la herida, Madeleine. Alguno de ellos empezará a sangrar.
Varias miradas perturbadas se cruzaron en el reino del silencio que creó esa pregunta. Fueron miradas tan rápidas que no alcancé a distinguir por quiénes habían sido intercambiadas.
Lo seguro era que algo podrido se estaba empezando a gestar, si no se había gestado desde antes.
El hábil discurso de la viuda dejó estupefactos a todos, principalmente a los dos grandes capos: Adinolfi y Morrison Iturriaga.
No solamente estaban asombrados por la manera en que ella me había defendido. Lo que más les preocupaba era que Madeleine ya no se comportaba como una esposa que no cortaba ni pinchaba en el negocio de su marido, estaba empezando a exhibir toda su valía con una aguda perspicacia y un tono muy facundo.
Todos quedaron callados. Todos menos uno: el inescrupuloso Pacheco.
—Veo que además de ser visitada por “Erin”, y mantener una amistad muy “íntima” con él, lo defiende con pasión.
—Señor Pacheco, desestimaré sus insinuaciones y su falta de respeto por considerar que las prestigiosas universidades a las que usted ha concurrido no forjan milagros… Y es innegable que defenderé a Erin con pasión: Recuerden que él fue la mano derecha de mi marido durante muchos años. No es noticia que Samuel prefería a Erin antes que a todos ustedes.
Los ojos de Pacheco se irritaron tanto como él. A pesar de autocalificarse de gran ajedrecista, se sentía humillado ante el ingenio de Madeleine.
—Señora de Khan, ¿qué hace aquí? —increpó acarreado por su impotencia—. Nunca estuvo en nuestro grupo. ¿No debería estar como todas las mujeres? ¿En una reunión de té o jugando…?
—¿Reunión de té? ¡Por favor, señor Pacheco! Conocería mejor los gustos de las mujeres si alguna vez se hubiera acostado con una.
Las carcajadas de todos resonaron tras esa ágil respuesta que coloreó de granate las mejillas del abochornado bufón Pacheco, quien durante un par de escandalosos minutos tuvo que soportar todo tipo de burlas de sus propios amigos.
El arquitecto Iturriaga, al ver el talante con el que se estaba imponiendo la esposa del anterior Capo Máximo, resolviose a no subestimarla y mantenerla cercana.
—Encuentro muy juiciosa la opinión de la señora de Khan, y, siendo yo uno de los tres capos mayores, concuerdo con ella en que Erin se ve obligado a tomar serias precauciones.
—Yo también hallo juiciosa la opinión de la señora de Khan —se apresuró a acotar Adinolfi que no quería perder pisada ante los dos capos que empezaban a dejarlo opacado en su propia reunión—. Sin embargo, me gustaría que Erin se defendiera solo. Y después del elocuente discurso de la Señora de Khan, afirmo que este no es un asunto que deba pasar a mayores. Se remediará fácilmente si Michels retorna a su puesto de comandante de escolta. En mi equipo tengo una vacante para…
—¿Cómo? —Madeleine se mandó otro vaso de pisco—. Eso es inadmisible. Erin era la mano derecha de mi marido, si debe integrarse a un equipo… es al mío.
—Señora de Khan, yo no pretendo disputarle a Michels —se defendía Adinolfi—. Mas usted también ha brillado por su ausencia en los asuntos de trascendencia, y al igual que Michel tampoco definió su posición dentro de nuestra empresa.
—¡Pues la defino ahora! —clamó con bravura—. Soy la viuda de quien fuera el Capo Máximo de este cártel: Si alguien tiene que ocupar el lugar de mi marido… esa soy yo.
—¿Cómo se atreve a…?
Las luces de los faros que iluminaban la mesada comenzaron a parpadear, creando luces y sombras que volvían intermitentes a las figuras de los jefes (o a la inversa). Las sombras cobraban mayor tamaño, y lo que alcancé a distinguir era inverosímil: Un León gigante con cola de tiburón blanco peleaba contra un Dragón de varias cabezas que arrojaba fuego.
—Señores: les ruego tranquilidad —intercedió Raymundo en la discusión—. Nosotros somos una organización, así que encuentro absurdo que dos de nuestros superiores se estén enemistando por disputarse los servicios de Erin. Y considerando que Erin tiene una larga trayectoria, y que ha sido uno de los principales causantes de la ascensión de este cártel con su buen desempeño, lo considero merecedor de retornar al cártel… pero como un preboste.
—No pueden escuchar a éste —se inmiscuyó Ramón Sepúlveda con un habano en la boca—: Es el mejor amigo de Michels y fue sicario igual que él... Es ridículo darles tanta autoridad a estos matones de cuarta.
—A mí no me resulta nada ridícula la idea de que Erin se convierta en uno de los jefes del cártel —defendió Madeleine—. Ha demostrado ser capaz e inteligente para todo tipo de tareas, superando a muchos de lo que hoy están en esta mesa como “prebostes” —acotó mirándolo de reojo.
—Lo ridículo es que una mujer como usted venga aquí a dar órdenes como si estuviese a la altura de nuestro antiguo y verdadero patrón. ¡Vaya a mirar revistas de cosméticos!
—¡Ramón: Me ofendes con tu comentario machista! —le llamó la atención su hermana Vanina—. Recuerda que también soy mujer.
Eleuterio intentó interceder entre sus hermanos, pero lo único que consiguió fue que el bullicio se convirtiera en escándalo.
El caos volvió a encender las llamas del aquelarre. No sabría definir si fue producto de mi aislamiento, mas mi cabeza sufría como si dentro de ella se produjera un terremoto. Comencé a descompensarme, las luces nuevamente pestañaron.
Esta vez vi a tres jabalíes con grandes colmillos que estaban devorándose entre ellos.
—Basta. No es necesario éste alboroto.
Morrison Iturriaga demostró con ese grito la autoridad de la que carecía el anfitrión para controlar a sus invitados. Todos se sentaron sumisos.
Las luces se estabilizaron.
Menos mal. Estaba a punto de enloquecer.
—Si no queda otra opción, votaremos para determinar el rol de Erin.
La forma de votación era simple y estaba abalada por las reglas internas del cártel –explicó Iturriaga–: Se le ofrecería a cada jefe pañoletas azules y rojas: Quien levantara la azul estaría votando por mi reincorporación a la escolta del Cártel. Quien alzaba la pañoleta roja, me favorecía para que ingresara como preboste.
—No tengo nada personal en contra de Michels —Ramón alzó su pañoleta azul—, pero no voy a darle el gusto a esa mujer que lo ampara.
—¡Pues a mi me molesta el machismo de mi hermano! —se desahogó Vanina y exhibió una de color rojo.
—¡Vanina! —le llamó la atención su hermano Eleuterio—. Somos familia, nunca tomamos decisiones dispares.
—Ah, por favor —se quejaba Madeleine al tiempo que sus dedos jugaban sutilmente con su escote—. Vanina ya está lo suficiente grandecita para votar sin la ayuda de su hermano. Y una vez efectuado el voto es irrevocable.
—Respeto eso —asintió Eleuterio sin dejar de mirar el dedo de Madeleine (o lo que tocaba)—. Pero le daré toquilla azul.
—Yo apruebo el ascenso de Erin —dijo Raymundo.
—Yo lo rechazo —contrarió Pacheco.
El sufragio no daba buenos presagios para mí: Perdía por tres contra dos, restando todavía los votos de Adinolfi e Iturriaga. Ellos seguramente votarían en mi contra, y gozaban del beneficio de usar tres toquillas debido a su condición de capos. Así lo establecían las normas.
La situación está mal.
—Lo siento Michels, pero aseguro que lo necesitamos más como comandante de escolta —sentenció Adinolfi con tres toquillas azules.
—Matemáticamente hemos ganado —contaba Pacheco—. Vamos seis azules contra dos rojos. No hay forma de que nos superen.
—Esperen —interrumpió Madeleine—. Si seguimos el razonamiento del señor Iturriaga que dice que estoy en representación de mi marido, mi voto debería valer tres puntos como el de un capo. ¿No es así, señor Iturriaga?
—En efecto —afirmó él, ofuscando a los demás.
—¡Pues le doy el sí! —se irguió de pechos Madeleine—. Erin tiene lo necesario para ser uno de los jefes.
—Bueno su embeleco —ironizaba Pacheco acomodando su traje—. Ni aun así les va a alcanzar, Michels pierde cinco a seis, y sólo le resta votar a Iturriaga que, como el gran señor que es, sufragará con sensatez.
—Le agradezco las adulaciones —le devolvió Iturriaga con sarcasmo—, y en tal caso mi sensatez concuerda con la señora de Khan cuando señala a Michels como un hombre apto para responsabilidades más importantes que los que solía tener.
El capo me expuso una sonrisa de cortesía alzando tres pañoletas rojas. El tiempo se detuvo en la sorpresa más inesperada que me tocaba recibir.
El escándalo se tornó incontrolable. Sentí que el mundo giraba con la rapidez de una ruleta. El entorno volvía a transformarse y las sombras de las bestias se comían sus cabezas: Las hienas, los jabalíes, el dragón, el león… Hasta que se alzó por sobre todas ellas un Zorro de trece colas.
El espantoso mundo se detuvo con la concesión otorgada por una voz serena…
—Bienvenido Michels, a partir de este momento pasa usted a ser el noveno jefe de este cártel… como preboste, pero jefe al fin.
No podía creer lo que estaba ocurriendo. Morrison siempre había sido mi Némesis… y ahora definía la votación a mi favor. Resultaba desconcertante.
Luego de pensarlo bien, y recordar el brillante que estratega que él era, derivé en la conclusión de que acababa de ejecutar un movimiento clave en su partida de ajedrez: Si yo era declinado como preboste, pasaría a organizar la escolta de su rival Adinolfi. Eso no le convenía.
Por otra parte, siendo yo un preboste novato sin poder real, sería más vulnerable solo que en la escolta de su desdeñado adversario.
De esa forma mataba dos pájaros de un tiro… o tres si es que estaba pretendiendo acercarse a la viuda de Khan, como yo conjeturaba.
Definitivamente, Morrison Iturriaga era la mente más brillante del cártel. Tan así que yo nunca pude saber a ciencia cierta si conseguí dilucidar todos los planes que él ejecutó en un movimiento preciso, rápido y certero.
En cambió él, sí era capaz de prever todas nuestras posibles jugadas.
Después de varias protestas y discusiones, se logró entablar la calma y decretar el fin de la reunión.
Pacheco me ofreció su mano. Cuando la estreché, aprovechó para hablarme al oído.
—Siempre aparece algún padrino a socorrerte. Mejor disfruta de tu ráfaga de regodeo: De ahora en más no me voy a cansar de arruinarte la vida.
Los hermanos Sepúlveda también me saludaron: Vanina, con amabilidad; Eleuterio, con diplomacia; Ramón, con desprecio.
No sabría decir cuál de las tres muestras me resultaba peor…
Lejos estaba de alegrarme por mi ascenso: sólo quería salirme del oscuro mundo del narcotráfico, y cada vez me adentraba más en él.
Odiaba relacionarme con todos esos mefíticos conspiradores sin saber quiénes eran mis colaboradores.
Mis amigos podían ser mis enemigos, peor era especular que mis enemigos podían ser aliados.
¿Cómo saberlo? Ninguno de ellos obraba jamás con total transparencia.
Talvez me lo estoy tomando demasiado en serio, talvez no he nacido para esto. ¿Para qué entonces?
No importaba, necesitaba averiguar quien me atacaba, necesitaba comprobar que también era el autor intelectual de la muerte de mi patrón, necesitaba vengarme de él…
Por eso es que estoy aquí. ¿O no? Por defender mi voto de lealtad hacia el jefe más allá de la muerte.
Y empezaba a sentirme cerca de mi cometido: Las estrambóticas actitudes de cada uno de los miembros del cártel en esa reunión le dieron solidez a mi intuición de que el enemigo no estaba fuera, sino dentro de mi propia organización.
Debía de estar más atento que nunca: Una nube espesa cubría todos mis cielos, y lo único cierto era que el enemigo podía ser cualquiera… inclusive mi propia sombra.
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