Antonio Jurado Rivera
Miembro Conocido

Antonio era su nombre cuando esta historia iniciaba, el niño tenía 10 años y cuando volvía de jugar en la calle de su pueblo donde se hallaba su casa, vio que Miguel, su padre, venía a buscarlo para irse con su madre, Mónica y con su hermano Pablo al hospital, pues ella, ese día cumplía plazo porque estaba preñada y según dijo su padre, iban al hospital por precaución, por si era la hora del parto y había médico de guardia.
Iba la familia entera en una carreta montada y una mula ya algo vieja, a duras penas tiraba de ella.
Podría ser que esa noche tal vez naciera su hermana tras tanto tiempo de espera.
Su hermano Pablo tenía 13 años, ya se había preparado y vestido contra el frío y le trajo una zamarra a Antonio.
Él era quién le enseñaba a su hermano pequeño todo lo que en la calle hace falta saber, le orientaba en las cosas buenas y le guiaba en las zalagardas, para que nunca le dijeran que sus actos traían consecuencias.
Se llevaba muy bien toda la familia gracias a los consejos, la educación y las enseñanzas de sus padres.
A su abuelo Manuel, que era el padre de su madre, lo habían dejado en casa de su vecina Lola, que era como si fuera de la familia, para evitarle molestias si es que tenían que tardar por si algo se complicaba.
Hacía un tiempo que su abuelo tenía la salud menguada y además de una artrosis crónica, adornaba su mal estado con una insistente asma, que lo tenía tosiendo parte del día y de la noche y estaba desesperado porque no se vislumbraba una mejoría en su estado.
Manuel era un hombre bueno, les contaba constantemente las cosas que a él le había tocado vivir y detallándoles como una granada durante la guerra civil de España, había acabado con la vida de su abuela Elena y los niños recordaban, como se la caían las lágrimas a Manuel, cada vez que se lo contaba a los nietos.
Sus padres les recordaban que el abuelo era un pedazo de pan y que debían tratarlo bien y respetarlo.
Era ya al atardecer de aquella tarde grisácea y el crepúsculo venía, barriendo toda la luz que asomaba en lontananza.
A lo lejos, se veía inundada de polillas revoloteando en la luz de una farola solitaria, que los niños de la escuela cuando salían al recreo, no rompieron a pedradas.
El pueblo estaba de noche igual que lo está en el campo la luz de la madrugada.
Llegaron al hospital y sus padres se bajaron entrando para que allí atendieran a su madre en el caso de hacer falta.
Su hermano Pablo y él, se quedaron en la puerta, esperando que Miguel cuando fuera conveniente les dijera cómo iba o si el parto se atrasaba. Ya estaban algo asustados, pero muy llenos de fe y con la esperanza de que todo fuera bien, que se acabara pronto y que se irían con su madre y con su hermanita María, felices hacia su casa.
Estuvieron esperando rato y rato, para ellos parecía que ya el tiempo no pasaba y Pablo le dijo entonces a su hermano que le hiciera algún poema para leérselo a su madre y a su nuevecita hermana.
A Antonio le pareció buena idea y se puso verso a verso a hacer tal vez un poema casi en plena madrugada.
Para mi hermana María
con los ojitos tan lindos
como los que ayer lucía
con un brillo muy bonito
la preciosa luz del día.
Le gustó mucho a Pablo el verso para la niña y creían que les encantaría a sus padres también.
Enseguida salió el padre para decirles que la niña ya había nacido y que tanto ella como su madre estaban bien, que era el momento de improvisar un jergón para cada uno en la carreta porque dormirían allí hasta por la mañana, que ya se podrían ir a ver a la niña, ya que Miguel les había dicho que era una preciosidad.
Le enseñaron a su padre el improvisado poema que Antonio le hizo a la chiquitina, el padre se emocionó y con un estrecho abrazo a los dos agradeció la idea, pero no pudo evitar derramar unas lágrimas de emoción por el detalle que habían tenido con su hermanita.
Al despertase fueron a ver a mamá y a conocer a María, se fundieron en un inmenso abrazo con su madre y con la niña y, puesto que ya les habían dado de alta, salieron a la calle, aparejaron a la mula, se montaron en la carreta y se dirigieron la mar de contentos a su casa con la linda enanita.
Cuando la carreta giró la última curva hacia su calle, se dieron cuenta de que había una inmensa multitud de personas muy cerca de su casa. El padre y Pablo se bajaron de la carreta y le dijeron a Antonio, “quédate con tu madre y tu hermana y cuídalas hasta que veamos que ha pasado ahí”.
El miedo le atenazó y no sabía cómo reaccionar al pensar que tal vez era que el estado de salud de su abuelo había empeorado y era lo que provocaba aquella multitud junto a su casa.
Antes de que la carreta llegara al lugar, su cabeza ya había asumido que su abuelo Manuel seguramente había muerto o que tal vez podría ser que algo muy grave pasaba.
Las lágrimas de pena rodaban por sus mejillas y su madre lo abrazó con ternura mientras le decía que Dios siempre sabe por qué hace las cosas, que llorara si tenía ganas de llorar, que eso le ayudaría mucho a calmar su estado de ánimo.
Ya venían su padre y Pablo muy acongojados y con los ojos llorosos para confirmarles que el abuelo Manuel, en un ataque de tos imposible de parar, había espirado.
A su vecina Lola le había dejado el abuelo recado de que les dijera lo mucho que les quería, que Antonio no dejara nunca de escribir poemas, porque él los leería desde el cielo. Que siempre siguieran queriéndose y siendo buenos y que les diera muchos besos y abrazos incluyendo a María, quién, ajena a lo acontecido dormía plácidamente como un angelito en brazos de su madre, que a duras penas podía dejar de sollozar.
A los hermanos no les dejaron ir al entierro del abuelo para que no les afectara demasiado debido a su corta edad.
A María, la chiquitina, siempre le hablaron del abuelo como si siguiera con ellos y María, cuando rompía algo, miraba para el cielo y con su lengua de trapo le decía a su abuelo “abelo pendoname “.
Siempre lo recuerdan como a un amigo leal, que les supo inculcar respeto por los mayores, que los hombres y las mujeres son iguales y tienen los mismos derechos y como les repasaba los deberes todos los días, cuando ellos ya los habían terminado, para asegurarse de que estaban bien cuando se los entregaran al profesor.
Y sobre todo cuando el abuelo les decía:
- “Nunca le hagáis a otro niño lo que no queréis que os hagan a vosotros” y
- “El buen funcionamiento de nuestra sociedad se basa en el respeto mutuo de los unos por los otros” y
- “Respeta a los demás, si quieres que te respeten” y
- “ Estudiad y obedeced a vuestros padres para que os hagáis unos hombres honrados y de provecho”.
Los niños no lo entendieron muy bien entonces, pero siguiendo aquellos consejos y los de sus padres, Pablo y Antonio pudieron comprobar toda su vida, que todo lo que les dijo su abuelo, era cierto.
Antonio Jurado (España)
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