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Lamento

J Roldán

Miembro Conocido
Te fuiste y no volverás. Las negras alas del más allá te arrancaron de mi orilla como quien deshoja un último verano sin mirar atrás. Desde entonces, el mundo es un territorio incompleto; una casa donde cada objeto ha aprendido a pronunciar tu nombre con la voz rota del recuerdo. Tu marcha no fue un instante, sino un derrumbe lento que aún continúa cayendo sobre los restos de mi vida.

A veces creo oírte: un roce leve en la penumbra, una sílaba que no termina de nacer. Pero no eres tú. Es solo la memoria, esa artesana cruel que reconstruye tu presencia con fragmentos de lo que fui perdiendo. Tu ausencia se ha vuelto un animal hambriento; muerde mis pensamientos, devora mis noches, se instala en mis costillas como un huésped que no piensa marcharse. He intentado domesticarlo con palabras, con silencios, con la inútil esperanza de que el dolor se canse antes que yo.

Ahora lo sé: los poemas que escribí para retenerte eran solo ruinas anticipadas, presagios de este vacío que hoy ocupa todo lo que toco. Tu ausencia es mi única herencia, un hilo invisible que me ata a lo que ya no tiene forma. Y sin embargo, sigo escribiendo, porque en cada palabra rota hay un intento desesperado de nombrarte una vez más antes de que la noche termine de borrarlo todo.

Ya no queda nada por decir. Las palabras han cumplido su condena; han sangrado lo suficiente para nombrar tu ausencia hasta desgastarla. El duelo ha trazado su círculo completo y yo permanezco en el centro, inmóvil, como un testigo tardío de un incendio que arrasó incluso las cenizas. No espero tu regreso, ni señales, ni sombras. Solo acepto, con la resignación de quien ya no lucha contra la noche, que tu nombre pertenece ahora a un territorio sin puentes, a un silencio que no admite respuesta. Así me despido, no para liberarte, sino para reconocer que jamás volveré a alcanzarte. Tu ausencia es ya un reino completo y yo apenas un habitante de sus ruinas.

Ven, dulce muerte, ven. Mas antes de que cierres tus alas, escucha el murmullo tenue de lo que aún late. Hay brazas que parecen ceniza, pero esperan un soplo, una grieta de luz para volver a arder. Y aunque cada paso pesa como si arrastrara siglos de silencio, sigo avanzando lento por la grieta que aún respira esperanza, como si cada latido fuera un golpe más contra las paredes húmedas de mi propio abismo.

No queda consuelo: solo el eco torcido de lo que alguna vez fui. La noche me reclama sin tregua, bebe mi nombre hasta dejarme reducido a un susurro. Y al fin, libre de mi miseria, solo aguardo la oscuridad definitiva, ese abrazo frío que no promete nada y aun así me reclama como suyo. No hay redención en este umbral, solo el lento deshilar de mi sombra mientras el mundo se aleja como un recuerdo que ya no me pertenece. Me dejo caer sin resistencia, como quien por fin comprende que incluso la esperanza puede convertirse en un peso insoportable.
 

José Luis Blázquez

JURADO - MODERADOR de los Foros de Poética Clásica
Un relato triste, cargado de intenso dramatismo, con resignación ante lo inevitable. Una situación que crea desesperanza, al enfrentarse a una realidad contra la que no se puede luchar.

Un abrazo.
 

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