Miguel Francisco Romero
Nuevo Miembro
LAS ENSEÑANZAS DE LA VIDA (II) © Derechos reservados del texto.
Autor: Miguel F. Romero 23/04/2013 Argentina.
Es una irrebatible verdad que todos los espíritus, las almas, definitivamente los seres humanos, no podrán ser iguales, porque cada uno de nosotros ha recibido, ya desde niño, influencias en su percepción de las cosas de la vida, de manera distinta, y que también las asimilamos de distinta manera.
Ergo, interpretamos y vemos las cosas cotidianas con criterios dispares.
Podemos encontrar en el camino de la vida, seres que, por algún extraño sortilegio, sostengan ideas muy parecidas a las nuestras, que son como dos vías del ferrocarril, dos paralelas, iguales, duras como el mismo acero, con la misma edad y que cumplen igual tarea, con su destino en el infinito, pero que nunca se encontrarán.
Pero, aun sin conjugar con sus ideas, nos sentimos identificados con ellos y su manera de pensar las cosas, y los apreciamos y amamos.
Esta concordancia o diferencias en la manera de pensar, de ser y de sentir, con el devenir de los años y la experiencia, nos enseñan algunas cosas fundamentales:
Hay tres cosas que se deben observar y luego imitar; la lealtad con los demás y con nuestras ideas, la constancia necesaria para mantenerlas, y el trabajo fecundo, sin claudicaciones.
Tres son las cosas que son deberes inapelables: el aprecio y el cuidado de los viejos y los niños, que piensan y actúan bastante parecido, la correspondencia al amor a la mujer que te ame con su vida, y las enseñanzas al respeto de los valores de la familia.
También debe practicarse tres premisas fundamentales: la docencia necesaria en enseñar que se debe hacer un culto a la verdad, toda una filosofía de vida, a la conformidad, cuando sea necesario, y a la avenencia.
Tres cosas se deben valorar y amar; el desinterés, la caballerosidad en los actos en la vida, y el valor.
Se deben respetar y apreciar con observancia monacal: la fidelidad del ser humano con sus ideas, el secreto confiado, y el respeto a sus creencias.
Tres cosas se deben cumplir con verdadera religiosidad; nunca abandonar nuestros sueños, mantener vivas nuestras ilusiones y la confianza en nosotros mismos.
Tres cosas debemos aborrecer y no tolerar: la ingratitud, la crueldad, y la peor de ellas, la vil arrogancia.
Tres son las cosas en las que debemos mantener un férreo control; el carácter, a veces muy susceptible, la lengua, más peligrosa que la más afilada espada, porque hiere hasta el alma y sin remedio, y la conducta, que debemos regirla por lo que nos dicte la conciencia.
Tres cosas debemos apreciar y respetar: la vida, en todas sus manifestaciones, la naturaleza, y la tierra que nos vio nacer.
Es necesario facilitar al niño, si aspiramos a generaciones futuras con condiciones necesarias para hacer un mundo mejor, tres condiciones fundamentales: contar con la estructura económica que le permita un crecimiento sano, enseñarle a desarrollar el amor a los seres vivos, y que viva entre seres que amen la vida. Y si es con alegría, mucho mejor.
También hay tres cosas que se deben apreciar en todo su esplendor; la cordialidad, que nos provee de alegría y autoestima, la bondad, alimento indispensable del alma, y el buen humor, apreciado y valorado por los que te rodean.
Cuesta más trabajo poner mala cara, que mueve en muecas desagradables todos los músculos de tu rostro, que sonreír, que te embellece el espíritu.
Ninguna construcción podrá ser más hermosa, más grande y más alta, si no se valorizan y conjugan tres ideas fundamentales: un ser humano haberla soñado y planeado, otro que se convenciera que fuera posible realizarla y construirla, y un tercero, que proveyera todos los medios, por considerarla indispensable y de beneficio para sus semejantes.
Tres son las personas, que aunque por necesidad, algunas veces debamos tolerar, pero debemos tender a evitarlas: los corruptos, que no tienen conciencia, los hipócritas, que ya perdieron el alma, y a los mediocres, que sólo sobreviven aprovechando el esfuerzo ajeno, en beneficio propio.
La naturaleza humana, es sabia, y asienta su desarrollo espiritual en tres premisas básicas e inamovibles: su insumable necesidad de satisfacer los impulsos del cuerpo, fisiológicamente, el deseo perpetuo de evitar ser aislado por la sociedad que lo cobija, y por medio del amor, evitar la soledad de su alma. Y si no lo hace, corre el riesgo de ser víctima de las pasiones y los miedos, y a no vivir feliz, victima consiente de su inacción.
El ser humano más atrayente es aquel que mantiene en todo su tiempo por el paso por su vida, tres actitudes fundamentales: se interesa por sus iguales, ama profundamente la vida, y es capaz de amar hasta con el último aliento. Y seguramente será muy apreciado y respetado por eso.
Tres palabras simplifican el valor del espíritu humano: el trabajo fecundo, el amor sin condiciones y la honestidad fuera de toda duda.
Debemos siempre asumir la responsabilidad de lo que hagamos, con nuestra propia vida. Si miramos por encima de nuestra altura seguramente veremos infinidad de buenos ejemplos, y también de los otros. Aprendamos con inteligencia a discernir sobre ellos. Y lograremos que la vida valga la pena vivirla.
Autor: Miguel F. Romero 23/04/2013 Argentina.
Es una irrebatible verdad que todos los espíritus, las almas, definitivamente los seres humanos, no podrán ser iguales, porque cada uno de nosotros ha recibido, ya desde niño, influencias en su percepción de las cosas de la vida, de manera distinta, y que también las asimilamos de distinta manera.
Ergo, interpretamos y vemos las cosas cotidianas con criterios dispares.
Podemos encontrar en el camino de la vida, seres que, por algún extraño sortilegio, sostengan ideas muy parecidas a las nuestras, que son como dos vías del ferrocarril, dos paralelas, iguales, duras como el mismo acero, con la misma edad y que cumplen igual tarea, con su destino en el infinito, pero que nunca se encontrarán.
Pero, aun sin conjugar con sus ideas, nos sentimos identificados con ellos y su manera de pensar las cosas, y los apreciamos y amamos.
Esta concordancia o diferencias en la manera de pensar, de ser y de sentir, con el devenir de los años y la experiencia, nos enseñan algunas cosas fundamentales:
Hay tres cosas que se deben observar y luego imitar; la lealtad con los demás y con nuestras ideas, la constancia necesaria para mantenerlas, y el trabajo fecundo, sin claudicaciones.
Tres son las cosas que son deberes inapelables: el aprecio y el cuidado de los viejos y los niños, que piensan y actúan bastante parecido, la correspondencia al amor a la mujer que te ame con su vida, y las enseñanzas al respeto de los valores de la familia.
También debe practicarse tres premisas fundamentales: la docencia necesaria en enseñar que se debe hacer un culto a la verdad, toda una filosofía de vida, a la conformidad, cuando sea necesario, y a la avenencia.
Tres cosas se deben valorar y amar; el desinterés, la caballerosidad en los actos en la vida, y el valor.
Se deben respetar y apreciar con observancia monacal: la fidelidad del ser humano con sus ideas, el secreto confiado, y el respeto a sus creencias.
Tres cosas se deben cumplir con verdadera religiosidad; nunca abandonar nuestros sueños, mantener vivas nuestras ilusiones y la confianza en nosotros mismos.
Tres cosas debemos aborrecer y no tolerar: la ingratitud, la crueldad, y la peor de ellas, la vil arrogancia.
Tres son las cosas en las que debemos mantener un férreo control; el carácter, a veces muy susceptible, la lengua, más peligrosa que la más afilada espada, porque hiere hasta el alma y sin remedio, y la conducta, que debemos regirla por lo que nos dicte la conciencia.
Tres cosas debemos apreciar y respetar: la vida, en todas sus manifestaciones, la naturaleza, y la tierra que nos vio nacer.
Es necesario facilitar al niño, si aspiramos a generaciones futuras con condiciones necesarias para hacer un mundo mejor, tres condiciones fundamentales: contar con la estructura económica que le permita un crecimiento sano, enseñarle a desarrollar el amor a los seres vivos, y que viva entre seres que amen la vida. Y si es con alegría, mucho mejor.
También hay tres cosas que se deben apreciar en todo su esplendor; la cordialidad, que nos provee de alegría y autoestima, la bondad, alimento indispensable del alma, y el buen humor, apreciado y valorado por los que te rodean.
Cuesta más trabajo poner mala cara, que mueve en muecas desagradables todos los músculos de tu rostro, que sonreír, que te embellece el espíritu.
Ninguna construcción podrá ser más hermosa, más grande y más alta, si no se valorizan y conjugan tres ideas fundamentales: un ser humano haberla soñado y planeado, otro que se convenciera que fuera posible realizarla y construirla, y un tercero, que proveyera todos los medios, por considerarla indispensable y de beneficio para sus semejantes.
Tres son las personas, que aunque por necesidad, algunas veces debamos tolerar, pero debemos tender a evitarlas: los corruptos, que no tienen conciencia, los hipócritas, que ya perdieron el alma, y a los mediocres, que sólo sobreviven aprovechando el esfuerzo ajeno, en beneficio propio.
La naturaleza humana, es sabia, y asienta su desarrollo espiritual en tres premisas básicas e inamovibles: su insumable necesidad de satisfacer los impulsos del cuerpo, fisiológicamente, el deseo perpetuo de evitar ser aislado por la sociedad que lo cobija, y por medio del amor, evitar la soledad de su alma. Y si no lo hace, corre el riesgo de ser víctima de las pasiones y los miedos, y a no vivir feliz, victima consiente de su inacción.
El ser humano más atrayente es aquel que mantiene en todo su tiempo por el paso por su vida, tres actitudes fundamentales: se interesa por sus iguales, ama profundamente la vida, y es capaz de amar hasta con el último aliento. Y seguramente será muy apreciado y respetado por eso.
Tres palabras simplifican el valor del espíritu humano: el trabajo fecundo, el amor sin condiciones y la honestidad fuera de toda duda.
Debemos siempre asumir la responsabilidad de lo que hagamos, con nuestra propia vida. Si miramos por encima de nuestra altura seguramente veremos infinidad de buenos ejemplos, y también de los otros. Aprendamos con inteligencia a discernir sobre ellos. Y lograremos que la vida valga la pena vivirla.
