Francisco Rubén Jorquera
Miembro Conocido
Quiero paz
Se irá mi voz, quedando el puro amor
en la quietud, guardándome el silencio
que brota solo al fondo en la mirada,
y alumbra el resto de mi soledad,
donde surge de pronto leve calma,
cuando se aquieta el peso de este tiempo.
Pasa callado, lento, todo el tiempo,
sin que lo alcance el grito del amor,
ni que lo rompa el sueño de la calma;
se cierra el fin del mundo en su silencio,
y habita solo el centro en soledad,
guardando el eco eterno en la mirada.
Vuelve un fulgor del cielo en la mirada,
que suspende la marcha cruel del tiempo;
se interna la raíz de soledad,
testigo mudo de un perdido amor,
donde resuena el fondo del silencio,
como un latido trémulo de calma.
Se esconde justo al borde toda calma,
una pausa en el brillo en tu mirada,
y en su fulgor se quiebra este silencio;
se detiene el pasado, el aire, el tiempo.
Allí se aviva el fuego del amor,
y se disipa toda soledad.
Regresa luego muda soledad,
pues nada para siempre ofrece calma;
brota, quema y se apaga el viejo amor,
consumiendo en secreto la mirada.
No hay descanso en el curso de este tiempo,
ni en el hondo vacío del silencio.
La voz grave y perpetua del silencio
cuenta que al centro de la soledad,
todo es un soplo efímero de tiempo,
que hasta la sombra evade allí la calma,
más deseo la paz de tu mirada,
esperando morir por este amor.
Cesa el tiempo en el núcleo de amor,
la soledad corrompe así el silencio,
y al fin una mirada da la calma.
Se irá mi voz, quedando el puro amor
en la quietud, guardándome el silencio
que brota solo al fondo en la mirada,
y alumbra el resto de mi soledad,
donde surge de pronto leve calma,
cuando se aquieta el peso de este tiempo.
Pasa callado, lento, todo el tiempo,
sin que lo alcance el grito del amor,
ni que lo rompa el sueño de la calma;
se cierra el fin del mundo en su silencio,
y habita solo el centro en soledad,
guardando el eco eterno en la mirada.
Vuelve un fulgor del cielo en la mirada,
que suspende la marcha cruel del tiempo;
se interna la raíz de soledad,
testigo mudo de un perdido amor,
donde resuena el fondo del silencio,
como un latido trémulo de calma.
Se esconde justo al borde toda calma,
una pausa en el brillo en tu mirada,
y en su fulgor se quiebra este silencio;
se detiene el pasado, el aire, el tiempo.
Allí se aviva el fuego del amor,
y se disipa toda soledad.
Regresa luego muda soledad,
pues nada para siempre ofrece calma;
brota, quema y se apaga el viejo amor,
consumiendo en secreto la mirada.
No hay descanso en el curso de este tiempo,
ni en el hondo vacío del silencio.
La voz grave y perpetua del silencio
cuenta que al centro de la soledad,
todo es un soplo efímero de tiempo,
que hasta la sombra evade allí la calma,
más deseo la paz de tu mirada,
esperando morir por este amor.
Cesa el tiempo en el núcleo de amor,
la soledad corrompe así el silencio,
y al fin una mirada da la calma.
