Con el cendal al cuello, presurosa,
pasaste, así al albur, por mi camino.
Y me quedé temblando, acobardado,
sin saber, indeciso.
¿A qué viniste, di? Yo no lo quise.
Que recuerde, jamás te lo he pedido.
Pero los dioses ciegan muchas veces
tan sólo por capricho.
Varios trances parejos ya en mi...